Categoria: Missione Oggi
Visite: 3587 volte

TIMOTHY RADCLIFFE, OP

Vivimos a la sombra del 11 de septiembre. Todos nos acordamos de dónde estábamos ese día. Y esto no sólo porque fue una tragedia -muchas personas han sufrido cosas peores desde entonces, por ejemplo, en Dafur-, sino porque es un símbolo del mundo en que vivimos al principio del nuevo milenio. ¿Qué tiene la vida religiosa que decir a este mundo?

Este es un mundo que está marcado por una paradoja. Estamos más unidos que nunca por las comunicaciones instantáneas. Vivimos en una aldea global. Estamos cada vez más marcados por una misma cultura global. La gente joven de todos los países usa la misma ropa, escucha las mismas canciones y tiene los mismos sueños. Y los que no pueden conseguir ropa de marca compran imitaciones más baratas. Se sienten a menudo mucho más identificados con su generación a nivel mundial, que con el sitio donde viven. Todos estamos viviendo con McWorld, en el planeta Pepsi o en la cultura de la Coca-cola.

Por otro lado, es un mundo que está cada vez más dividido por la violencia religiosa. En el mundo Cristiano, Judío, Musulmán, Hindú, y Budista, se dirigen unos a otros con agresividad. En el Norte de Irlanda, los Balcanes , el Medio Oriente, India, Indonesia, Nigeria y otros muchos sitios han roto la comunicación entre ellos. Es precisamente la cercanía de la aldea global lo que provoca la violencia. Muchos de los asesinatos ocurren en casa, por gente que se conoce, que son vecinos, y en esta aldea global todos somos vecinos. ¿Qué le puede decir la vida religiosa a este cercano y violento mundo? ¿Y qué nos tiene que decir este mundo a nosotros?

Me voy a fijar en tres aspectos de esta cultura. En primer lugar, hay una crisis de personas desplazadas. Todos vivimos en esta aldea global, pero en el 9/11 descubrimos una violencia que estaba oculta ¿Cómo podemos los religiosos ser una señal de la única familia que Dios quiere? Segundo, ¿que futuro nos espera? El 9/11 simboliza el comienzo de una era que parece ofrecer sólo violencia. Tercero: enfrentados a esta realidad se está creando una cultura de control, de luchar por la hegemonía. Viendo todo esto, la vida religiosa tiene una palabra de esperanza. Hay otro tema que es fundamental, pero del cual voy a hablar muy poco y éste es la cultura del consumo y el voto de pobreza. No voy a decir nada sobre esto porque es muy obvio. Muchas personas han escrito sobre nuestro testimonio de vivir en pobreza en la cultura del mercado, así que he preferido hablar de otros temas que son un poco menos obvios.

La crisis de los desplazados.

Muchos de vosotros parecéis muy cansados Habéis volado desde todas las partes del mundo. Somos ciudadanos de la aldea global. Mi familia me dice, a veces, con envidia: “Únete a los dominicos y verás el mundo.” Cada mañana, cuando abrimos el e-mail, hay mensajes de todas las partes del mundo. Somos ciudadanos de un mundo nuevo en el cual, para mucha gente, el espacio ha dejado de ser importante. Fukuyama habla del fin de la historia y Richard O’Brien ha añadido “y del final de la geografía.” Zygmunt Bauman escribió: “En el mundo en que vivimos, las distancias parecen no tener mucha importancia. Algunas veces, parece que sólo existen para cancelarlas. Como si el espacio fuese una invitación para no darle importancia, para refutarlo y negarlo. El espacio deja de ser un obstáculo, uno necesita sólo un segundo para conquistarlo”.

Esto puede ser como una anticipación de nuestras esperanzas escatológicas. Cuando Jesús se encuentra con la Samaritana promete un tiempo en el que Dios será adorado no en la montaña de los Samaritanos ni en Jerusalén, sino “en espíritu y en verdad”. El Samaritano, en otro texto, se marcha del espacio sagrado de Jerusalén. Ofrece su sacrificio a Dios en la carretera cuando atiende al hombre herido por los ladrones. El Cristianismo nos libera de una religión de espacios sagrados y nos lleva a entrar en la Trinidad. “Dios, ese centro que está en todo y cuya circunferencia está ahora aquí”. El espacio cibernético se parece un poco a la promesa del Cristianismo. Margaret Werthein escribió: “así como los primeros cristianos hablaban del cielo como una realidad en donde el alma humana era liberada de todas sus fragilidades y debilidades de la carne, así hoy los campeones de la cibernética espacial tienen un sitio donde el ser humano es liberado de las limitaciones de su cuerpo”.

El 9/11 es un símbolo de la distancia que hay entre nuestra aldea global y el Reino, en donde toda la humanidad se siente como en su propia casa. En ese día, la oculta violencia de nuestra cultura mundial se hizo visible. Nuestro planeta está sufriendo una crisis de desplazados. Estamos cómodamente enfermos en nuestra aldea global. Antes que nada, los que estamos en este Congreso hemos podido obtener las visas y pasar por los controles de emigración, pero millones de personas están queriendo viajar para huir de la pobreza o de situaciones opresivas y no pueden. Hay un inmenso numero de personas desplazadas buscando un nuevo hogar. Europa está construyendo muros para que no entren aquí. Nunca en la historia han vivido tantas personas en campos de refugiados, literalmente desplazadas.

Aun los que se quedan en su país, en cierto sentido están desplazados. La comunidad humana está rota por una escalada de desigualdades. Y la comunicación moderna hace que los pobres puedan ver todos los días en sus televisores un destello del paraíso de riqueza al cual ellos no pueden acceder. Los financieros nómadas que rigen nuestro mundo pueden mover su dinero donde quieran. No tienen ningún compromiso con los trabajadores de ningún país. Si el trabajo es más caro en Inglaterra, lo pueden mover a Méjico, y después a Indonesia. Bauman escribe: “Encuentros breves sustituyen a los compromisos más antiguos. Uno no planta un árbol de cítricos para exprimir un limón” Esto ha producido muchísima inseguridad. Incluso los empleados no pueden tener la seguridad de que van a seguir trabajando al día siguiente. Algunos economistas nos presentan una imagen de un idílico mercado libre bueno para todos. Pero nuestras vidas están distorsionadas con barreras económicas, tarifas y subvenciones que excluyen a las naciones pobres. Esto se mantiene así por círculos viciosos de network, por el lavado de dinero, por las mafias criminales, por las drogas, por la prostitución de mujeres y niños, por la venta de órganos del cuerpo y por el mercado de armas.

Finalmente está la imposición de la cultura global que de hecho es de occidente y sobre todo americana. John Baptist Metz disiente de esto y dice que: “durante mucho tiempo, los países de Occidente no han hecho una segunda colonización”. A través de la invasión cultural e industrial occidental y de los medios de comunicación, especialmente la televisión, que hace a las personas prisioneras en un mundo artificial, un mundo de hacer creer en todo eso. Esto les separa cada vez más de su cultura, de su lengua y de su historia. Esta colonización del espíritu es mucho más difícil de resistir porque aparece como algo muy agradable, encubriendo el peligro que tiene, y porque este agradable terror de la cultura industrial funciona no como una enajenación sino como una droga narcótica. Somos personas “a la deriva”, cuyas casas confortables han sido desmanteladas. En el 9/11 la enorme rabia que había producido esto explotó en el corazón del mundo Occidental.

Así que hay una crisis de desplazados, literal y culturalmente. Una reacción muy extendida contra esto es crear comunidades unidas por una mentalidad común, con las que nos sintamos seguros. Una pregunta famosa de Mrs. Thatcher sobre un rival político fue:“ ¿Pero es realmente uno de los nuestros?” Richard Senté escribió: “La imagen de la comunidad es purificada por todos los que descubren un sentimiento de diferencia, no sólo sobre el conflicto, sino en quiénes somos. En este sentido el mito de la solidaridad es un rito de purificación… Lo que hace distinto este mito al compartir en comunidad es que la gente sabe que se pertenecen unos a otros, y comparten entre ellos porque son iguales.”

Esta búsqueda por aquellos que son iguales la podemos ver en todo, desde Internet a grupos religiosos. En el Internet, la gente navega buscando a otros que compartan sus mismos intereses y gustos, en política, deportes y en lo sexual; si surge la diferencia, entonces, uno simplemente puede cambiar su dirección de e-mail y romper el contacto.
Los grupos fundamentalistas también actúan así. Sospecho que la polarizacion dentro de la Iglesia Católica hoy tiene sus raíces en el dolor de vivir con los que son diferentes a nosotros. La Iglesia siempre ha estado dividida por batallas, desde el tiempo de Pedro y Pablo, en Antioquia. Lo que es nuevo es nuestra dificultad de buscar un lenguaje común para acercar estas divisiones. No encontramos las palabras para crear comunión con las personas que son diferentes, aun dentro de la Iglesia.

Ahora, en esta crisis de desplazados, la vida religiosa tiene una vocación urgente de ser signo de la gran familia de Dios, de la gran amplitud del Reino, al que todos pertenecen y donde se sienten seguros. Si estamos a gusto en este espacio con Dios, entonces estaremos a gusto entre nosotros. Podemos hacer esto de muchas formas. Miles de religiosos, hermanas y hermanos, han dejado sus casas para sentirse en casa con gente que no conocen. Pequeñas comunidades de hermanos/as viven en pueblos musulmanes, desde Marruecos hasta Indonesia, aprendiendo lenguas extranjeras, comiendo comida extranjera, encarnándose y entrelazándose en el tejido de otras formas de ser humanas.

También abrazamos diferencias étnicas y culturales dentro de nuestras comunidades. Conduje el coche a través de Burundi cuando todo el país ardía, para visitar a unas monjas contemplativas en el Norte. La mitad eran Tutsis y la otra mitad eran Hutus. Todas habían perdido a sus familias, excepto una novicia. Y mientras estaba allí con ellas, el párroco llamó a la novicia para decirle que sus padres acababan de ser asesinados. Y pese a todo esto viven en paz entre ellas. Esto sólo es posible por llevar una vida de oración muy profunda y por el tremendo esfuerzo de todas de vivir en comunión. Crucial para ellas es escuchar la radio juntas y así compartir el dolor. En un país donde todo estaba quemado y seco y nadie podía sembrar nada, su montaña estaba verde y allí cualquier persona podía venir y sembrar, y ver crecer su cosecha en un sitio seguro: una colina verde en una tierra seca es señal de esperanza

La diferencia más dura para nosotros en la vida religiosa no es ni la étnica ni la cultural sino la teológica. Puedo vivir tranquilamente con mi hermano de otro continente, pero, ¿puedo vivir a gusto con otro que tiene diferente eclesiología o cristología? ¿Podemos encontrarnos dentro de las divisiones de nuestra Iglesia? Sólo cuando podemos hacer esto somos signos de la inmensidad de Dios. Comunidades de mentalidades iguales son débiles signos del Reino.

Esto requiere de nosotros mucho más que una mutua tolerancia. Desde luego, tenemos que atrevernos a hablar de nuestras discrepancias. Esto requiere un mutuo interés que nos lleve más allá de nuestros estrechos limites, de nuestras simpatías y lenguas. ¿Me atrevo a dejarme tocar por la imaginación del otro y de entrar en sus esperanzas y miedos? Tenemos que lanzarnos a abrir nuestros corazones y mentes, a lo que St, Tomas de Aquino llamó “latitudo cordis”, lo que nos lleva a la casa espaciosa de Dios. En Larry’s Party, la novelista canadiense Carol Shield explora cómo el lenguaje puede ofrecer una casa para vivir. En ella, el primer matrimonio de Larry se rompió porque él y su joven mujer no encontraron un lenguaje suficientemente amplio para encontrarse y quererse. Finalmente, cuando se reconcilian es porque su lenguaje se ha ampliado lo suficiente para encontrarse juntos por primera vez. Larry pregunta: “¿Era ése nuestro problema? ¿No teníamos suficientes palabras? Siendo un signo de la vida común en Dios necesitamos buscar las palabras que tienen amplitud suficiente para vivir en paz con extranjeros. Estos extranjeros pueden ser de otra fe o grupo étnico. Una vital preparación para esto y la prueba de nuestra autenticidad es buscar palabras que tienden puentes entre las polarizaciones dentro de nuestra Iglesia y Congregaciones.

Esta es la obediencia que se necesita hoy, especialmente después del 9/11. La obediencia no es una sumisión ciega a lo que dicen los superiores, es más bien una profunda escucha a los que hablan diferentes idiomas y diferentes puntos de vista e imaginación. Esta tiene que ser nuestra ascética para exponernos a otras geografías de mente y corazón, aun dentro de nuestras comunidades, para que salgamos de nuestras estrechas prisiones, que nos separan de los demás. Es una obediencia creativa en las que juntos buscamos nuevas y antiguas palabras que ofrecen aire fresco y nos dan mutua confianza. Las comunidades deben ser el crisol de este lenguaje renovado.

Una tarde en Rotterdan, me encontré con gente joven y les pregunté por qué seguían viniendo a la iglesia, cuando sus contemporáneos no lo hacían. Encontraron difícil poder contestarme. A media noche un hombre joven, que había estado dándole vueltas a la pregunta, me trajo una carta. Me explico que él venía a nuestra comunidad porque aquí podía usar palabras que no podía usar en su casa ahora, palabras como:”Gloria a Dios Santo,” palabras de alabanza y sabiduría. Él necesitaba un sitio donde poder compartir estas palabras con otras personas.

Vivir sin historia

Una casa no es sólo el espacio que ocupamos, con sus muros mentales y sus ventanas, exclusión e inclusión. También necesitamos sentirnos en casa en el tiempo. Necesitamos vivir dentro de una historia que abarque el pasado y mire al futuro. Hacemos una casa con las historias de nuestros antepasados y estamos a gusto compartiendo la esperanza en el futuro, antes y después de la muerte. Puede que estemos en paz porque sabemos , más o menos, en qué terreno estamos. Por ejemplo, en el Hinduismo hay 4 etapas en la vida del hombre: ser estudiante, cabeza de familia, llegar a ser un morador de los bosques y después la etapa de la renuncia a todo. Uno puede sentirse en casa mientras pasa por esta narración de la vida humana. El 9/11 cambió las historias que nos contábamos y que contábamos al mundo. Y esto nos ha hecho sentir más nuestra condición de desplazados.

Simplificándolo enormemente, ésta es la segunda transformación mayor del tiempo que el Occidente ha vivido últimamente. En mi juventud todavía vivíamos en un fundamental optimismo. Había una confianza compartida en el progreso de la humanidad. Para unos era moverse hacia el paraíso del capitalismo y para otros era moverse hacia el paraíso del comunismo. Pero el Este y el Oeste, la derecha y la izquierda, compartían la creencia de que había una gran historia que contar y que la humanidad iba caminando a un mundo mejor. Esta confianza en el futuro empezó a erosionarse después de la caída del muro de Berlín, como dijo Fukuyama, y se ha ido repitiendo desde entonces, la historia terminó. La caída del comunismo fue proclamada como la llegada de la humanidad a su destino. El futuro estaba aquí y se parecía a América. Tuvimos el nacimiento de la Generación del Ahora, que dejó de soñar con el futuro. También había una creciente desesperanza para los que estaban fuera del sueño capitalista. Las desigualdades en el mundo fueron escalonándose. Continentes enteros, especialmente África, fueron encerrados en una pobreza más allá de cualquier solución posible.
Con el 9/11 entramos en un tercer momento, en donde hay otra vez una historia que contar sobre el futuro, pero es una historia sin ninguna promesa, nada más que la de la violencia. Para algunos es la guerra contra el terrorismo, y para otros la de jithad contra la corrupción de Occidente. Esta es una historia con la que nadie puede vivir tranquilo en su casa. ¿Qué signo de casa humanitaria puede ofrecer la vida religiosa?

Primero de todo, lo que no tenemos que hacer es ofrecer una historia alternativa del futuro. El siglo XX estuvo crucificado por aquellos que afirmaron conocer el camino hacia donde caminaba la humanidad. Millones de personas murieron en los gulags soviéticos, asesinados por aquellos que decían conocer hacia dónde iba la humanidad. Este año fui por primera vez a Auschwitz, a la entrada del campo hay un mapa que señala cómo el campo estaba en el centro de las comunicaciones de los trenes desde Noruega hasta Grecia, desde Francia a Ucrania, y estos trenes llevaban a la gente a la muerte. Aquí estaba literalmente el final de la línea, impuesto por aquellos que eficientemente habían planeado el futuro de la humanidad. Paul Pot degolló a una tercera parte de los Cambodianos porque él sabía qué historias se deben contar en el futuro. También la imposición por el capitalismo de su mapa de carreteras empobreció a millones. Tenemos derecho de sospechar de los que afirman conocer el gran diseño del mundo.

La historia fundante del Cristianismo es que nos ofrece una casa en el tiempo pero sin decirnos cuál es la historia del futuro. No hay duda de que los discípulos fueron a Jerusalén convencidos de lo que iba a pasar: Jesús se revelaría como Mesías, a los romanos los echarían fuera de Tierra Santa o de donde fuese. Era lo que pensaban los discípulos de Emaús y lo que le dijeron a Jesús: “Teníamos esperanzas de que era él el que redimiría Israel.” Cualquier historia que contaron se colapsó: Judas había vendido a Jesús, Pedro estaba a punto de traicionarle, los otros apóstoles echaron a correr muertos de miedo. Enfrentados con su pasión y su muerte no tenían historia que contar. Y en este momento en que esta frágil comunidad se venía abajo, Jesús tomó el pan, lo bendijo y se lo dio diciendo: “Este es mi cuerpo, entregado por vosotros.”

La paradoja del Cristianismo es que ofrece un hogar pero sin contar una historia del futuro. No tenemos el mapa de la carretera. No podemos abrir el Apocalipsis y decir: “Hola amigos, ya han pasado cinco plagas y nos queda otra.”Creemos que estamos de camino al Reino, en donde la muerte morirá y las heridas sanarán, pero no tenemos ni idea de cómo llegar ahí. Después del 9/11, cuando algunos están seducidos con la Generación de Ahora, y otros cuentan cuentos con promesas sólo de violencias, nosotros tenemos buenas noticias. Tenemos la esperanza que no está anclada en ninguna historia particular del futuro. Jesús encarnó esta esperanza en un signo, el pan roto y compartido y una copa de vino bebida juntos. ¿Cómo podemos los religiosos ser signos de esperanza?

Una manera es siendo atrevidos para aceptar nuestro incierto futuro con alegría. Nuestros votos son un compromiso público de permanecer abiertos al Dios de las sorpresas, que trastoca todos nuestros planes de futuro y nos pide que hagamos cosas que nunca imaginamos. Decimos que: ¡si quieres hacer reír a Dios, entonces, cuéntale tus planes. Y también díselo a tus hermanos y hermanas.!
Cuando me examinaron antes de hacer la ultima profesión, dije que yo estaba dispuesto a todo, excepto a ser superior. Los hermanos pensaron de otra manera. Y abrazamos estas inseguridades con la alegre libertad de ser hijos de Dios. Vaclav Havel escribió sobre la esperanza: “que no es la convicción de que todo va a salir bien, sino la seguridad de que tiene sentido lo que hacemos, sin preocuparnos de los resultados.” Nuestra alegría se basa en la confianza de que de alguna manera descubriremos que nuestras vidas, con sus triunfos y derrotas, tienen sentido por muy inútil que parezcan algunas veces. El sentido de nuestras vidas es el misterio de Dios, para lo que no tenemos palabras.

Una vez mas, el voto de obediencia es la señal más clara de que dejaremos a Dios que nos siga sorprendiendo. Ponemos nuestras vidas en las manos de nuestros hermanos y hermanas, para que hagan lo que quieran. Esto no es un retroceso a una pasividad infantil. Somos gente inteligente que tenemos algo que decir de cara a nuestro futuro.
Pocos religiosos hoy en día estarían dispuestos a plantar coles cabeza abajo. ¡Es más bien una aceptación libre de que no somos los únicos autores de nuestras historias. Es el gesto de la Eucaristía, siguiendo a Jesús que puso su vida en las manos de los apóstoles, diciendo:“ Este es mi cuerpo, y os lo entrego”! Y los jóvenes no vendrán a nosotros a no ser que vean que estamos encantados de aceptar el don de sus vidas y de usar ese don con entusiasmo. Me encontré recientemente con una hermana en USA que me dijo que, en 30 años de vida religiosa, su Congregación nunca la había pedido nada. ¡No se atrevieron a pedírselo!

Nuestro voto de castidad es también la promesa de que Dios nos puede invitar a lo que quiera. Renunciamos a una relación que expresa esperanza en tener un lugar seguro, un amor estable para bien o para mal, hasta que la muerte nos separe. En vez de eso, nosotros prometemos amar y aceptar ser amados sin ninguna idea clara de a quién vamos a confiar nuestro amor. Cuando hice mi profesión solemne éste fue el acto de confianza más difícil que tuve que hacer. ¿Terminaré siendo como un palo seco y viejo? ¿Mi corazón permanecerá vivo? Con este voto creemos que Dios nos dará un corazón de carne, en forma que no sabemos.
Para gran parte de nosotros el voto de pobreza apenas nos compromete a alguna inseguridad. En muchas partes del mundo, una de las atracciones de la vida religiosa es que ofrece una seguridad financiera y todos los recursos para una riqueza segura. En el Sínodo sobre la Vida Religiosa el Cardenal Etchegaray hizo un llamamiento a los religiosos a abrazar una forma más radical de pobreza. Si la gente viese en nuestra pobreza una verdadera precariedad, ¡que señal de esperanza seríamos!

Nuestra vida sólo será un signo si la vivimos con alegría. Entonces nos verán vivir a gusto en esta inseguridad, como en casa, y tranquilos de no saber el modelo y las historias de nuestra vida. Podemos descansar felizmente en la confianza de que nuestras vidas encontraran un sentido, aunque a lo mejor a veces no lo veamos, pero ahora sabemos lo que es, es Dios.

S. Agustín dijo: “Vamos a cantar aleluya aquí en la tierra mientras estamos todavía intranquilos, para que lo podamos cantar un día arriba, cuando estemos libres de toda preocupación”. Uno de mis mejores amigos en la orden es un dominico francés que se llama Jean Jacques. Hizo la carrera de economista, fue a Argelia a estudiar sobre el riego, aprendió árabe, enseñó en la universidad allí. Fue duro pero estaba profundamente contento, un día su Provincial le llamó para pedirle que volviera y enseñara economía en la Universidad de Lyon. Estaba destrozado, lo paso mal y luego se acordó de la alegría de haber dado su vida sin condiciones. Unos años más tarde fui elegido General de la Orden y estaba desesperado buscando para el Consejo General a alguien que yo conociese. Busqué a Jean Jacques y le pedí que viniese. Me respondió que si podía pensarlo y yo le dije que si. Me dijo que si podía pensarlo durante un mes, yo le dije que sólo un día. Dijo que si. Más champagne. Esta es la alegría de vivir a gusto con el Dios de lo imprevisto.

Carlos de Foucault fue a visitar a una joven prima suya, François de Bondy, que tenía 21 años y que vivía una vida muy superficial, pero su vida se transformo al ver la profunda alegría de este asceta del Sahara. “ Entró en el cuarto y la paz entró con él. La luz de sus ojos y su humilde sonrisa emanaba de todo su cuerpo… Había una gran alegría en todo su ser.. Habiendo probado “los placeres de la vida” y teniendo la esperanza de que no tenía que marcharme por un tiempo, yo, viendo que todas mis satisfacciones no eran más que una pequeña fracción en comparación con la total felicidad de este asceta, noté que empezaba a sentir una extraña emoción, no de envidia sino de respeto”. Enzo Bianchi habla de uno de los padres del siglo IV que escribe que los jóvenes son como los sabuesos en la caza. Si los sabuesos huelen al lobo, seguirán cazando hasta el final. Si nunca huelen al lobo, se cansarán y pararán. Si los jóvenes descubren en nosotros el “olor” de la alegría del Reino, llegarán hasta el final.

Es intrínseco a este testimonio de esperanza que estemos dispuestos a dar nuestras vidas “usque ad mortem”. Creemos que toda nuestra vida tendrá sentido. Al final la total historia de nuestra vida tendrá sentido aun en los momentos más oscuros. En el Instrumento de Trabajo 37, está escrito: “El sentido de temporalidad y las dificultades culturales de vivir en permanente estabilidad nos pueden llevar a estudiar las posibilidades de proponer formas de vida consagrada “ad tempus”(VC y Propositio 33) que pueden evitar la sensación de que nos ha abandonado o ha desertado una persona que ha estado en la vida consagrada por un tiempo”. Yo estoy de acuerdo. Las congregaciones religiosas siempre, por siglos, han ofrecido distintas formas de pertenecer a aquellas personas que no querían tomar un compromiso para toda la vida. Muchas de nuestras congregaciones están explorando nuevas maneras de cómo se puede desarrollar esta forma de vivir. Es también el caso de algunas personas que se han unido a nosotros, han hecho la profesión y después se han marchado; no queremos que vivan para siempre mutilados, con un sentido de fracaso. Pero esto no puede poner en duda nuestro central compromiso “usque ad mortem”. De lo que se trata es de saber si los jóvenes de hoy son capaces de tal compromiso. A lo mejor la cuestión es, más bien, si creemos que ellos están preparados para luchar por su vocación.

La subversión de la cultura de control

El ultimo tópico del que quiero hablar es de la cultura de control. Nunca el planeta ha estado bajo tan estricto control de sólo unas pocas naciones. A pesar de tanto desarrollo retórico, lo que se lleva a cabo son los intereses de unos pocos países. Sobre todo vivimos, como nunca en la historia de la humanidad, bajo el control de una singular super potencia, cuyos intereses a nivel mundial hay que proteger. Como dijo Bill Clinton, no hay diferencia entre los asuntos domésticos y la política exterior. El 9/11 fue en parte una protesta contra los que quieren tener control del planeta y de sus recursos. Atacó a los símbolos Occidentales de la economía y del poder militar: las Torres Gemelas y el Pentágono. Pero el 9/11 ha intensificado esta cultura del control y ha hecho aumentar la escalada en el reunir información, el control de la emigración, la militarización y la perdida de las derechos humanos.

Al mismo tiempo, paradójicamente, éste es un tiempo en el que el estado de la nación y aun los Estados Unidos, parece que tienen más dificultades que nunca para controlar cualquier situación. Vivimos en lo que Anthony Giddens ha llamado “el mundo evadido” o “la jungla manufacturada”. Bauman compara nuestro mundo con un avión que no tiene piloto. Los pasajeros “descubren con horror que la cabina esta vacía y que no hay forma de sacar de los botones negros que dicen “pilotos automáticos” ninguna información sobre hacia dónde se dirige el avión, dónde va a tomar tierra, quién va a escoger el aeropuerto y si hay algunas reglas que ayudarán a los viajeros a contribuir a la seguridad de la llegada.”

En el corazón de la modernidad está la paradójica combinación de la cultura de control y nuestra inhabilidad para ser responsables de nuestras vidas. Esto está simbolizado por nuestras modernas guerras tecnológicas, por sus sofisticadas armas y la dificultad inmensa en conseguir los objetivos de estado. ¡Basta sólo mirar a Vietnam, Afganistán e Irak!

Parte de esto se debe al hecho de que las corporaciones multinacionales están por encima de las regulaciones de los países. La economía esta incontrolada. La fluidez del moderno capitalismo genera inseguridad y ansiedad. Todas estas ansiedades se proyectan sobre los extranjeros de fuera de nuestras fronteras y sobre los de dentro. Recientemente los gobiernos ven la necesidad de la ley y el orden como prioridad. Luchar contra el crimen es el drama moderno, encerrar a los extranjeros sobre los que proyectamos nuestros miedos. Prácticamente en todos los países del mundo el número de personas metidas en las cárceles es cada vez más alto. A personas que tienen agendas diferentes a las nuestras enseguida las vemos como enemigos, “terroristas” pertenecientes a algún “eje de maldad”. La pobreza está llegando a ser criminalizada. Cualquier ayuda humanitaria y de desarrollo está siendo analizada por la agenda de seguridad de Occidente. La seguridad global significa la seguridad occidental y agencias del desarrollo sólo recibirán ayudas si aceptan estas prioridades. Es por esto por lo que es tan difícil tener ayudas para Sudán o el Congo, o para otras áreas de África.

La cultura del control entra en la corriente de la vida pública como una empresa. Toda clase de institución tiene que estar examinada, evaluada, tiene que cumplir los objetivos y ser revisada. También la Iglesia está siendo una institución que está dominada por la cultura del control. Estamos siendo observados, denunciados y evaluados. ¡Esto no es un plan maquiavélico del Vaticano, esto demuestra de la Iglesia está viviendo la crisis de la modernidad como todo el mundo! A veces, las congregaciones religiosas sucumben a la cultura de la administración. Y los elegidos para gobernar son “La Administración”. Los hermanos y las hermanas son transformados en el personal de la empresa. Yo he visitado oficinas de Superiores Generales que me recuerdan a las corporaciones multinacionales El superior general llega a ser CEO. Los Capítulos dan proyectos y piden que se evalúen los objetivos conseguidos. Todo tiene que ser medido y por encima de todo saber que el dinero es la medida.

Pero la vida religiosa debe explotar como un estallido de loca libertad, dentro de la cultura del control. Podemos ver alguna pista de lo que esto significa en la historia de Jesús y la Samaritana en el pozo. Los apóstoles se marchan a comprar y, cuando vuelven, ahí está él hablando con esta mujer de origen humilde. “Vuelve la espalda y nunca sabrás lo que es capaz de hacer”. Jesús también es observado, chequeado, pero él es nuestro incontrolable Señor.

Nuestras Congregaciones tienen diferentes maneras de entender la naturaleza del gobierno. Puede ser paternal, democrático o militar No tenemos tampoco una sola forma de entender la naturaleza de la obediencia. Pero seguramente podemos aceptar que el liderazgo, usando una palabra que detesto, no es sobre el control. Está al servicio de la imprevisible gracia de Dios. Ninguno es dueño de la gracia ni puede modificarla para que pase lo que él o ella quieren que pase, especialmente el superior. El rol del superior líder es asegurarse de que nadie toma posesión de la gracia de Dios, ni los jóvenes ni los mayores, ni los de la derecha ni los de la izquierda, ni Occidente ni ningún otro grupo. Dios está en medio de nosotros como el que siempre está haciendo cosas nuevas y, a veces, los que son lideres, son los últimos en enterarse de lo significa esto. Tienen la obligación de ayudarnos a estar abiertos a las imprevisibles direcciones a las que Dios nos puede llevar, porque como Dios dice en Isaías: “Mirad, que hago todas las cosas nuevas”.

Así que el liderazgo se mostrará en ayudar a las comunidades a correr riesgos, y a no buscar la solución mas fácil, creer a los jóvenes, aceptar la precariedad y la vulnerabilidad. Esto se conseguirá teniendo las ventanas abiertas a la gracia imprevisible de Dios. Así que, en esta cultura de control, la vida religiosa debe ser un nido ecológico de libertad. No es la libertad de aquellos que imponen su voluntad, sino el abandono permanente de lo novedoso de Dios.
Estuve en los Estados Unidos durante la época en que fueron distribuidos algunos sobres con ántrax, y en Asia durante la crisis del Sars. En ambos casos estuve asombrado por el clima de pánico. En este mundo de miedo y ansiedad, la vida religiosa debería ser una isla de libertad y confianza. No necesariamente tenemos que ser intrépidos, pero no debemos ser gobernados por el miedo.

Cuando era un estudiante, nuestra comunidad en Oxford estuvo sujeta a pequeños ataques de bombas, por el ala derecha política a quien no les gustábamos, por alguna razón misteriosa. Me acuerdo de haber sido despertado en la noche por el sonido de una explosión. Corrí a la salida y allí me encontré a todos los hermanos juntos en sus diferentes modelos de dormir. Pero ¿dónde estaba el Prior? La policía llegó y todavía el Prior dormía. Corrí a despertarle: “ Hemos tenido un ataque con bombas”, grite excitado. “¿Ha muerto alguien?”, dijo él. “No”. “¿Hay alguien herido?” “Pues, no.” “Entonces, ¿por qué no me dejas dormir y mañana podemos pensar sobre lo que ha ocurrido?” Es la primera vez que vislumbré lo que debía ser el liderazgo. Es desdramatizar nuestros pequeños miedos. Si nuestros votos son la promesa de dejar a Dios que siga sorprendiéndonos, entonces, el liderazgo nos ayuda a ser fieles a este gran abrazo a la inseguridad.

Así que, para concluir, después del 9/11 nuestro pequeño planeta está sufriendo una crisis de desplazados. Esto es literalmente verdad para los millones de refugiados, los buscadores de asilo, los inmigrantes ilegales. También sufrimos de una cultura de desplazados, de un sentido de precariedad y de la subversión de las culturas locales en las que la humanidad ha hecho muchos hogares. Como religiosos estamos llamados a ser un signo de la amplia casa de Dios Padre, “en la cual hay muchos cuartos”.(J.14,2)
Podemos hacer esto invitando a la Samaritana, y dándole la bienvenida al Samaritano a nuestra casa. En este momento tenemos que aceptar y cambiar una realidad más delicada: construir nuestra casa con los extranjeros de nuestra propia congregación y de la Iglesia.
Todo esto requiere de nosotros una imaginación creativa. Necesitamos dejar al Espíritu Santo que rompa nuestros pequeños discursos ideológicos, sean de la derecha o de la izquierda, en los que encontramos seguridad. Necesitamos encontrar las palabras que nos abren a la inmensidad de Dios, y no encoger a Dios en las pequeñeces de nuestros corazones y mentes.

Desde el 9/11 el sentido de desplazados es más profundo por la perdida de la historia que puede decirnos el futuro. Cada vez más la historia que domina nuestras vidas es sobre las guerras contra el terrorismo y contra jihad. Nosotros los religiosos podemos sentirnos en casa en este tiempo de desorientación, pero no ofreciendo una historia alternativa, sino abrazando contentos y libremente esta situación de inseguridad. Creemos que nuestras vidas finalmente habrán encontrado un sentido y así podemos dejar alegremente a Dios que nos siga sorprendiendo.

La inseguridad de estos momentos genera ansiedad y esto fomenta la cultura del control. Esto puede afectar a nuestra vida religiosa, cayendo así en el modelo de organización y administración. Pero los lideres deben dejar siempre abiertas las puertas y las ventanas para que entre el Espíritu, que “sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y adónde va. Así es todo el que nace del Espíritu”(J.3, 8).