Oct 19, 2021 Last Updated 7:03 AM, Oct 19, 2021

Aportes de Oscar Romero

Categoria: Missione Oggi
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(Adital) "Un día, el año pasado, estaba sentado en una de esas chabolas construidas con trozos de madera, planchas de metal oxidado y cartones. El calor era espantoso y, apenas unos centímetros, separaban mi cabeza del techo de cinc. En pocos minutos, sentí que el sudor me corría por todo el cuerpo. A mi alrededor había más de 5000 chabolas muy parecidas; era uno de los muchos barrios miserables en la diócesis donde yo trabajaba en África del Sur. Uno de esos lugares donde los más pobres entre los pobres tratan de sobrevivir, aunque la mayor parte mueren en la miseria.

En la chabola, sentada en un banco frente a mí, había una joven, una madre soltera; se llamaba Inés, junto a ella, un bebé de pocos meses, su único hijo. Ambos se estaban muriendo a causa del SIDA. El sudor le corría por la cara, ¡estaba tan débil! No había nada de comer o beber. Sus ojos estaban fijos en mí. En ellos vi lo que tantas veces había visto en la diócesis donde he trabajado tantos años: una mirada de terror y, más aún, una mirada de desesperación. Me dijo: "Padre, no hay ninguna esperanza, Padre, yo no tengo ninguna esperanza". Y las lágrimas se deslizaban por su rostro y mi rostro, mientras contemplaba a su bebé moribundo.

Tenía razón. En un país relativamente desarrollado como es África del Sur, hay más de 8 millones de personas que viven en chabolas, en medio una miseria espantosa; y más de 22 millones tratan de sobrevivir con menos de 1 dólar diario. Y ya no hay esperanza, porque son los sistemas sociales, culturales, económicos, religiosos y políticos de este mundo los que condenan a una madre como Inés a una muerte terrible en la pobreza y la enfermedad.

Mientras miraba a los ojos de esta joven madre - murió a las pocas semanas - yo sabía que aquellas mujeres extraordinarias que trabajaban conmigo en aquel barrio miserable, cuidarían de ella y de su bebé. Ahora, tenemos una residencia a donde llevamos a los enfermos de SIDA más pobres y vulnerables de la sociedad, para que mueran en paz y con dignidad, sabiendo que Dios los ama y los cuida, algo que se hace posible porque las enfermeras y el resto del personal, les revelan el amor que Dios les tiene. Pero, esto no basta para aliviar el dolor de mi corazón cuando contemplo la triste realidad.

Contemplando aquella joven madre, me planteé, una vez más, las innumerables preguntas que llevo en mi corazón. Pienso en nuestra Iglesia, y más aún en los dirigentes de nuestra Iglesia. ¿Qué mensaje, qué palabra compartimos verdaderamente con los "más pequeños" de nuestra sociedad, aquí en América Central, o en África donde vivo yo, o en cualquier lugar de nuestro mundo donde haya miseria, pobreza, enfermedad e impotencia? ¿Nuestra palabra, el mensaje de la Iglesia es algo que los pobres perciben, realmente, como una palabra de esperanza, una palabra de liberación, una palabra que interpela a la realidad que ellos sienten tan profundamente? ¿Podemos decir que nuestra palabra es una revelación de la Palabra de Dios, que las promesas de Dios, que nos hablan de una vida verdadera, de una liberación que nos permita vivir con dignidad, van a realizarse, en verdad, para los pobres?

Todavía más, ¿qué experiencia tienen los pobres de nuestro mundo de la Iglesia, de su magisterio oficial y de sus prácticas? ¿Qué tipo de comunidad presenta hoy la Iglesia a los pobres del mundo? ¿Dónde están los profetas, en la Iglesia de hoy, que analicen los sistemas opresores del mundo moderno desde la perspectiva del Evangelio y de los pobres, y que se ponen valientemente del lado de quienes carecen de todo en la lucha por transformar un mundo, que se hace cada vez más injusto, un mundo donde el abismo entre ricos y pobres es cada vez más grande? ¿Somos esa Iglesia que rechaza toda forma de poder y de control, esa Iglesia que forma una auténtica comunidad con las personas vulnerables, oprimidas, desesperadas de nuestro mundo actual? Nosotros, quienes formamos la Iglesia, ¿somos capaces de transformar la mirada de desesperación en los ojos de los pobres, en una mirada abierta de par en par a la paz, a la esperanza e, incluso, a la expectativa de un futuro mejor?

Hace 25 años, una voz profética se elevó diciendo: "Las masas pobres de nuestra tierra descubren en la Iglesia la voz de los profetas de Israel. Hay entre nosotros quienes venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias, como dicen los profetas. Hay quienes acumulan en sus palacios los frutos del botín y de los saqueos, hay quienes aplastan a los pobres, hay quienes favorecen el imperio de la violencia, mientras se reclinan en lechos de marfil, hay quienes juntan casa con casa y campo con campo para apoderarse de todo y convertirse en únicos propietarios de la tierra. (Cf. Amos 6:3-4; Isaías 5:8).

Estos textos de los profetas no son, simplemente, unas voces lejanas en el tiempo, que leemos con reverencia en nuestra liturgia. Son realidades de cotidianas, cuya crueldad y violencia vivimos todos los días.

Y por eso, la Iglesia sufre el destino de los pobres, que es la persecución. Nuestra Iglesia se gloría de haber mezclado la sangre de sus sacerdotes, sus catequistas y sus comunidades con la de los pueblos masacrados, y de haber portado continuamente la marca de la persecución. Porque no nos deja vivir tranquilos, es calumniada, y cuando hace oír su voz clamando contra la injusticia, se la ignora.

El buen nombre de la Iglesia no es cuestión de estar en buena relación con los poderosos. El buen nombre de la Iglesia es cuestión de saber que los pobres miran a la Iglesia como algo suyo, es cuestión de saber que la vida de la Iglesia en la tierra es invitar a todos, también a los ricos, a convertirse y a dejarse salvar junto con los pobres, porque ellos son los únicos a quienes se les llama bienaventurados" Así habló Monseñor Oscar Romero el 17 de febrero de 1980, hace 25 años.

Creo, de verdad, que su palabra, su interpelación es tan significativa hoy, para mí, para nosotros, como lo fue en 1980 para el pueblo y la Iglesia de El Salvador. Para mí personalmente, su palabra es una llamada muy fuerte a discernir lo que Dios me está pidiendo profundizar hoy, mientras recordamos y celebramos, en la acción de gracias, a aquel hombre que fue un gran profeta en medio de su pueblo: Monseñor Oscar Romero. ¿Qué significa mi hermano obispo Romero y su vida, para mí y para los pobres de mi país, para este mundo que Dios me ha confiado?

Oscar Romero fue un líder espiritual en el contexto de El Salvador, en un momento de brutal opresión y de violencias toda clase contra el pueblo. Cuando fui nombrado obispo, durante el régimen del apartheid en África del Sur, Oscar Romero fue el que me inspiró, cuando traté de reflexionar sobre el sentido de mi llamada como líder espiritual, en medio de aquel pueblo oprimido en el que yo vivía y al que servía. El fue mi hermano, mi consejero, una persona cuyo testimonio me desafiaba a asumir una postura profética (mi sufrimiento personal) y a caminar con los pobres, aunque esto significase arriesgar mi propia vida. Fue su ejemplo el que me impulsó a descubrir el rostro de Jesús en el rostro de mi pueblo oprimido. Dos ejemplos simplemente. Un día, iba dirigiendo una marcha de protesta pacífica contra una injusticia que se había cometido. El ejército y la policía nos cerró el paso y, de pronto, se oyó la orden: "Disparen a los sacerdotes". Los soldados saltaron de sus vehículos blindados y abrieron fuego contra nosotros, con munición real y peligrosos proyectiles de gases lacrimógenos. Como todo el mundo, me agaché y traté de esquivar los disparos. Por la gracia de Dios no me hirieron, pero dos jóvenes que estaban cerca de mí fueron alcanzados por las balas. Uno murió en el acto y el otro fue herido. Muchas personas, incluyendo mujeres ancianas, fueron brutalmente golpeadas por los soldados.

Algún tiempo más tarde, uno de los movimientos de liberación, que es ahora el partido del Gobierno, nos pidió permiso para celebrar reuniones en la misión donde yo vivo. Todos los fines de semana, los sindicatos, los movimientos de liberación y los movimientos civiles se reunían allí, bajo mi protección, ya que estaban prohibidos por el Gobierno. Aquella vez, era una reunión muy numerosa. Unos días antes, recibí la visita de la policía pidiéndome que la cancelara. Yo me negué y continué negándome, aunque estuvieron discutiendo conmigo y amenazándome durante más de dos horas. La víspera de la reunión, la iglesia donde iba a celebrarse, fue volada, a las 4 de la mañana, por una bomba muy potente. Afortunadamente, no hubo heridos. Cuando yo estaba en pie junto a la iglesia destruida, uno de los religiosos de mi diócesis me atacó verbalmente, delante de la gente, por poner en peligro el trabajo y el ministerio de los sacerdotes y religiosos, oponiéndome a un régimen injusto que estaba oprimiendo a los pobres.

Sí, he experimentado algo (muy poco) de la soledad y el sufrimiento de mi hermano Oscar Romero. En las numerosas ocasiones en las que he vivido la sensación de peligro y de rechazo, he sentido su cercanía y su inspiración. En 1997 fui llamado por la Comisión de la verdad y la reconciliación para testificar de esos dos incidentes de injusticia y opresión de los que estoy hablando. Me sentía humillado, sentado allí, junto a aquellas mujeres que habían sido brutalmente violadas por las fuerzas de seguridad, sencillamente porque se oponían al régimen. Sí, aquel día comprendí verdaderamente hasta qué punto Dios me había bendecido, con enorme generosidad, al permitirme compartir, por poco que fuese, el sufrimiento de tantas personas pobres y oprimidas. He recordado muchas veces la larga marcha que Mons. Oscar Romero compartió con los pobres y oprimidos de El Salvador. Gracias, querido hermano mío, Monseñor Oscar, por haberme mostrado la manera de ser fiel a Dios, en la vida y el sufrimiento de los pobres y oprimidos de mi país.

Pero, en el mundo moderno, este desafío se nos presenta como algo todavía más complejo. Hoy día, las instituciones internacionales, como Naciones Unidas, aunque de una manera lenta, se están haciendo más y más conscientes de que las brutalidades de la opresión, la violencia, el genocidio, los crímenes de guerra y otras atrocidades no pueden ser toleradas, en modo alguno, por la comunidad internacional, y de que esta comunidad debe actuar para proteger a las personas más vulnerables de nuestra sociedad. Actualmente, el mundo está dándose cuenta, poco a poco, de que la solidaridad con quienes carecen de lo más elemental, con quienes está sufriendo terriblemente o viven en la opresión y la esclavitud es mucho más importante y debe anteponerse a la solidaridad con los líderes políticos que practican la violencia y la corrupción.

Sin embargo, hemos de reconocer que nos queda un largo camino por recorrer, hasta que llegue el día en que todos los seres humanos puedan vivir libremente una vida conforme a su dignidad de personas creadas a imagen de Dios. El genocidio de Ruanda tuvo lugar hace 11 años, la limpieza étnica y las atrocidades cometidas en los Balcanes no son recuerdos lejanos. Incluso, mientras estoy hablando, los más humildes, en la región de Darfur, en Sudán, están experimentando brutalidades indecibles en numerosas violaciones y asesinatos. Una religiosa, hermana Dorothy, ha sido asesinada hace muy poco tiempo, en Brasil, porque se atrevió a enfrentarse con los poderosos en su proyecto de solidaridad con los pobres. Ciertamente, en todo el mundo, la larga marcha de los mártires continúa, semejante a la de El Salvador, hace más de 25 años.

Pero, existe también una opresión mucho más sutil y sofisticada, y esta opresión está en manos de quienes elaboran los sistemas económicos del mundo, con la fuerza de las organizaciones multinacionales y el respaldo político de los poderosos que controlan nuestro futuro. Es como un enorme pulpo, cuyos tentáculos alcanzan a todas las naciones y comunidades. Una realidad que encierra a los pobres de la tierra en un ciclo de desesperación, mientras los sacrifica en el altar de la codicia, la codicia y el deseo de poder de las élites de nuestro mundo. De esta forma, y con mucha frecuencia, los pobres son sacrificados a los dioses de nuestros días, los "intereses estratégicos" de los países desarrollados que son quienes deciden del destino de los millones de personas que no tienen alternativa alguna.

Vuelvo a Inés, la joven de la chabola. ¿Por qué murió víctima del SIDA, en medio de una pobreza y un sufrimiento indecibles? He aquí su historia. Inés tuvo que abandonar su país, en una región del África Central; su país es sumamente pobre y no podía encontrar trabajo, ni podía sobrevivir. Había oído hablar de África del Sur, pensó que, tal vez era una salida para ella. Entró como refugiada económica "ilegal" y terminó en aquel barrio miserable. A poca distancia de allí, había una mina de platino y una residencia para los hombres que trabajaban en ella. Estos mineros también habían tenido que abandonar sus hogares, muy lejos, en otros lugares de África del Sur o, incluso, en otros países. Inés oyó hablar de ellos; aquellos hombres tenían trabajo, tenían dinero. Tal vez podría salir de su pobreza si se quedaba a vivir allí.

Pronto descubrió que había caído en una trampa. Como era "ilegal", no tenía documentos. No podía, por tanto, solicitar ninguna ayuda social del Gobierno. No podía conseguir un trabajo, porque necesitaba un documento de identidad y ella era "ilegal". No tenía familia, no tenía a nadie que pudiese ayudarla. Por desgracia, descubrió que sólo tenía una salida para escapar a la trampa de la miseria: tenía que convertirse en una trabajadora del sexo, en una prostituta. Tenía que vender su cuerpo a los mineros y otros por dinero, para comprar comida y poder sobrevivir, justo las siguientes 24 horas. Tuvo que hacer esto un día y otro día. Y así, si saberlo, contrajo el virus del SIDA, quedó embarazada y su bebé nació seropositivo también. Y por ser tan extremadamente pobres, por no poder comer como es debido, porque vivían en la miseria, en condiciones infrahumanas, ella y su hijo estaban ahora muriéndose.

Entre los 30 millones de personas enfermas de SIDA en el África subsahariana, hay cientos de miles de mujeres como Inés. Estas personas, todas muy pobres, van a morir, porque la única causa de que los seropositivos mueran rápidamente y de una manera horrible, es la pobreza, el hambre y las malas condiciones de vida. Esta es la realidad. Y es una realidad en la que no se puede pensar y a la que no se puede responder solamente en términos de una ética de la sexualidad. Creo que, en la Iglesia de hoy, en vista de esta situación tan grave, más de una ética de la sexualidad, necesitamos una ética de la dignidad humana y de los derechos humanos, una ética de la vida auténtica. Su sufrimiento es una llamada a la justicia y a una acción y solidaridad profética con estas pobres gentes que no tienen otra opción.

¿Por qué ocurre todo esto? Porque los sistemas económicos de nuestro mundo, controlados por los ricos y los poderosos, condenan a los países de África, y al resto de las naciones más pobres de la tierra, a este tipo de existencia infrahumana. En primer lugar, el peso insoportable de la deuda externa en los países más pobres que están luchando para pagar, sencillamente, los intereses de su deuda, algo que supera, con mucho, la cantidad que pueden dedicar a la sanidad, la educación y los servicios sociales. Después, los sistemas de mercado, unos sistemas absolutamente injustos, hacen imposible que los países pobres puedan competir con el mundo rico y desarrollado. Y, en tercer lugar, las subvenciones que los agricultores del norte desarrollado reciben de sus Gobiernos, condena a los pobres agricultores del mundo subdesarrollado a una lucha sin esperanzas para conseguir que sus productos puedan ser vendidos en el mercado libre.

Son todo un conjunto de sistemas económicos injustos los que empobrecen cada vez más a las naciones más pobres, favoreciendo la corrupción y una mala administración que explotan a los pobres, que impiden toda esperanza de futuro para los pobres de nuestro mundo. Es un proceso sutil y muy sofisticado, que no deja a los pobres ninguna oportunidad. Es un sistema criminal que clama al cielo. Es un pecado que impregna todo el sistema.

¿Dónde debe situarse la Iglesia ante estas situaciones? Nuestra Doctrina social católica, que monseñor Oscar Romero vivió con tanto valor y tanta fe, nos exige descubrir el rostro de Jesús en todo rostro humano, pero de manera especial, en el rostro de los "más pequeños". Nos impulsa a la acción profética para que el bien común, la solidaridad y, por encima de todo, la primacía de los pobres llegue a ser un objetivo que está siendo realizado, en lugar de seguir siendo un sueño imposible. Las leyes actuales de un mercado injusto y globalizado, han de transformarse en una globalización de la solidaridad, una solidaridad que conduzca a la transformación de los sistemas opresores sociales, culturales, económicos y políticos que condenan a los pobres del mundo a la desesperación y la miseria. Hemos de trabajar todos por una comunidad global capaz de ayudar y compartir, de forma que el futuro esté abierto a todos los pueblos del mundo, porque si no hacemos posible un futuro y una vida digna para quienes carecen de todo, muy pronto no habrá futuro para nadie, incluyendo a los ricos y poderosos.

Lo que nuestro mundo necesita hoy, más que nunca, es una ética de la justicia. Hemos de luchar por la justicia, porque, sin justicia, no habrá una paz y seguridad verdadera. Hemos de luchar por una justicia que esté impregnada de compasión y de solidaridad, para que todos esos pueblos olvidados sientan la presencia de Dios que clama cuando los pobres de nuestro mundo dejan oír su clamor. Y hasta que podamos clamar y llorar cada vez que escuchamos el clamor de los pobres, no viviremos esa indignación y esa pasión capaces de empujarnos a luchar por la justicia, a cualquier precio. En Jesús vemos claramente esa santa indignación, esa pasión, y la vemos todavía con mayor fuerza y claridad, cuando condena a los líderes espirituales de su tiempo, que ponían cargas insoportables sobre los hombros del pueblo, mientras ellos no movían un dedo para llevarlas.

¿Qué diría Jesús a los líderes espirituales de nuestro tiempo? ¿Qué me diría Jesús a mí, que soy uno de los líderes espirituales de nuestro tiempo? Es una pregunta que debo discernir continuamente, cada vez que me encuentro con los pobres de mi mundo, en África del Sur, todos los días y todas las semanas. Mi hermano Oscar Romero me ha inspirado y me ha mostrado el camino a seguir, el camino de Jesús. La vida de monseñor Oscar Romero, su testimonio nos muestran el camino que la Iglesia y los líderes de la Iglesia, en particular, debemos seguir de cara al futuro. Hemos de ser una Iglesia humilde, una Iglesia que escucha. Hemos buscar respuestas para las preguntas y desafíos, cada vez más complejos de nuestro tiempo, y no hemos de pretender que conocemos las respuestas. Con frecuencia, tendremos que admitir humildemente que no tenemos las respuestas, que lo único que podemos hacer es revelar y compartir el amor y la compasión, y, ciertamente, la pasión de nuestro Dios, con los pobres y oprimidos de este mundo. Hemos de ser una Iglesia que rechaza toda forma de poder y de dominio, especialmente en la vida interna de la Iglesia del mundo entero. Hemos de ser una Iglesia en la que las personas más débiles y marginadas se sientan seguras, se sientan protegidas, se sientan comprendidas, se sientan respaldadas y amadas. Hemos de ser una Iglesia que prefiere ser rechazada antes que traicionar, en modo alguno, los valores del Evangelio de Jesús. Hemos de ser una Iglesia que denuncia valientemente toda forma de injusticia y de opresión, y que se pone del lado de los pobres en la lucha por unas formas de vida que estén de acuerdo con su dignidad de personas creadas a imagen de Dios, aunque esto signifique que la larga marcha de los mártires va a continuar hasta que exista una paz verdadera y un desarrollo basado en la justicia.

Te saludo, hermano mío Mons. Oscar Romero. Los pobres de El Salvador se alegran en ti, su hermano y su líder. Yo me alegro en ti como un don de Dios, para mí y para mi pueblo de África del Sur. Tú nos has enseñado que el deseo de Jesús puede y debe realizarse, ese deseo de Jesús que dijo: "He venido para que tengan vida y vida en abundancia" (Jo. 10, 10)


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