Oct 19, 2021 Last Updated 7:03 AM, Oct 19, 2021

Brasil: Preparando la Vª Conferencia

Categoria: Missione Oggi
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Presentación y comentario analítico del documento de participación

Temas: Eventos, Encuentros, Talleres y Seminarios, Teología Latinoaméricana

La Vª Conferencia del Episcopado de América Latina y el Caribe, convocada para abril-mayo de 2007 en Aparecida (Brasil), se inscribe en el conjunto de las cuatro anteriores: Río de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992). Ella tiene como tema: Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que en Él nuestros pueblos tengan vida. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).

Como en el caso de las anteriores, no pretende ser únicamente una reunión de obispos, sino una asamblea de la Iglesia de América Latina y el Caribe, en la cual confluya la participación y colaboración de todas las iglesias locales, a través de sus respectivas conferencias episcopales nacionales.

El Documento de Participación tiene como finalidad animar y orientar la participación de las comunidades eclesiales en la preparación de esta Va. Conferencia, cuyo tema central es el discipulado y la misión. La contribución de las comunidades deberá ser hecha a partir de algunas fichas que deberán ser completadas hasta el mes de noviembre de 2006. Con base en la compilación de las contribuciones entregadas por las conferencias episcopales nacionales, se elaborará un Documento Síntesis que será punto de partida para el trabajo de los obispos en la Va. Conferencia. Las reflexiones de este estudio se inscriben en este tiempo privilegiado e importante de preparación. Buscan contribuir con dos objetivos concretos: primero, ofrecer una presentación sintética del contenido del Documento de Participación, y una visión de conjunto de los temas tratados; segundo, realizar un comentario analítico del Documento, centrando la atención sobre todo en los límites y vacíos para intentar enriquecerlo. Los dos objetivos serán tratados en los dos puntos que siguen.

1. Presentación sintética del Documento de Participación Para la presentación del Documento seguimos su estructura, siguiendo los títulos del propio texto y sus contenidos de forma telegráfica e indicando el número correspondiente. Vamos al texto.

Introducción
El Documento de Participación busca suscitar la participación más amplia posible en esta etapa de preparación, en esta hora de gracia y de orientación pastoral.

I. El anhelo de felicidad, verdad, fraternidad y paz (1-20)

A. Un anhelo universal
1. Todos somos buscadores y peregrinos de la felicidad: en lo más hondo de nuestro ser hay hambre de amor y de justicia, de libertad y verdad, sed de contemplación, de belleza y de paz, ambición de plenitud humana, ansias de hogar y fraternidad.
2. Lo que buscamos supera totalmente las dimensiones y posibilidades de vida en este mundo, abriendo camino para nuestra sed de Dios y vocación para el cielo.
3. Con todo, ya en este mundo somos cada vez más felices en la medida en que somos imagen y semejanza de Dios —el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la comunidad de las tres personas felices.
4. En la historia de la humanidad, todavía, hay personas y pueblos que se extravían persiguiendo su realización por caminos errados.

B. A la luz de la revelación
5. La revelación ilumina los anhelos más profundos de nuestro ser.
6. En el Antiguo Testamento, Dios se manifiesta como Señor de la Historia, Legislador y Juez.
7. Con Abraham y los patriarcas, clama simultáneamente al amor y al respeto fraterno, sin ídolos, sin miserias ni esclavitudes.
8. Moisés exhortó a cumplir los diez mandamientos, estos serían el camino que conduciría a la felicidad.
10. Por el misterio de la Encarnación-muerte-resurrección, Jesús se hizo nuestro Camino.
13. Las Bienaventuranzas son un código de felicidad y sostienen nuestra esperanza en las tribulaciones.
14. Para vivir las Bienaventuranzas, como apóstoles, testigos y colaboradores de Él nos envió al Espíritu Santo.
15. El seguimiento implica abrazar la cruz de Cristo, y que el sufrimiento es ofrecimiento filial al Padre.
16. El cristianismo nació y se extendió como una Buena Noticia para la humanidad.
17. Como Buena Noticia surgieron las primeras comunidades, después de Pentecostés.
18. Y a pesar de las terribles persecuciones, el cristianismo se expandió por la antigüedad como verdadera explosión de gozo, como una corriente de fe, sabiduría y esperanza.
19. Los apóstoles recibieron el mandato de Jesús: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”, y la Iglesia salió mucho más allá de las fronteras del Imperio Romano.
20. El cumplimiento del mandato de Cristo, fue acompañado del martirio, la gozosa esperanza de acompañarlo en el cielo.

II. Desde la llegada del evangelio a América Latina y el Caribe vivimos nuestra fe con gratitud (21-35)

A. Nuestros pueblos recibieron la bendición del encuentro con Jesucristo vivo
21. Por un sabio y bondadoso designio de la Providencia divina llegó hasta las tierras de este continente esa corriente de amistad con Dios, de vida nueva y de promoción humana que inició Jesucristo con su Encarnación y su Pascua, y que impulsa a lo largo de los siglos el Espíritu con fuerza pentecostal.
22. Llegó a unos pueblos cuya vida ya estaba acompañada por “la presencia creadora, providente y salvadora de Dios”. Entre ellos las ‘semillas del Verbo’ que estaban presentes en muchos valores que predisponían a una más pronta recepción del Evangelio.
23. La Virgen de Guadalupe ayudó a abrir las puertas del corazón de los pueblos autóctonos a Jesucristo.
24. Nuestro radical substrato católico fue establecido y dinamizado por una vasta legión misionera de obispos, religiosos y laicos.
25. Con todo, la evangelización tuvo luces y sombreas, como atestiguan Bartolomé de las Casas, Juan de Zumárraga, Vasco de Quiroga, Juan del Valle, Julián Garcés, José de Anchieta, Manuel Nöbrega y tantos otros.
26. La propia evangelización constituye una especie de tribunal de acusación para los responsables de aquellos abusos.
27. Nos solidarizamos con el dolor de los conquistados, sometidos a la esclavitud, conforme ya pidió perdón el Papa Juan Pablo II (holocausto desconocido).
28. Tiempos dolorosos para la Iglesia en el continente, también fueron las grandes crisis del siglo XIX y principios del XX (Iglesia perseguida). El Vaticano II iría a renovar el dinamismo evangelizador.
30. Principalmente a partir de Medellín hay una nueva etapa de nuestra historia, en la que la Iglesia busca contribuir en la construcción de una nueva sociedad.

B. Una Iglesia viva, fermentada por la experiencia de la gracia de Dios
32. La herencia recibida, en el Continente de la Esperanza, compromete a la Iglesia a dar una respuesta gozosa y misionera, a quienes buscan sentido.
33. Las peregrinaciones del Papa Juan Pablo II marcaron hitos imborrables de su historia.
34. Signos de esperanza que muestran la siembra de Dios que crece: 90% de sus habitantes creen en Dios; las gozosas celebraciones litúrgicas y la vida de las parroquias, de sus comunidades de base y de los movimientos eclesiales; la piedad y religiosidad popular; las parroquias misioneras; los esfuerzos pastorales de la Iglesia, en la cual participan religiosos y religiosas orientados hacia la Nueva Evangelización, con central dedicación a quienes están heridos por la pobreza; las grandes consignas entregadas por el Papa Juan Pablo II, convocándonos a ir al encuentro de Jesucristo vivo, y a globalizar la solidaridad; la participación de los laicos (ministros de la Palabra, catequistas); las escuelas de formación inicial y continua de diáconos permanentes; la pastoral de la juventud; la pastoral vocacional, inserta en la pastoral orgánica diocesana, en estrecha vinculación con la pastoral familiar y de juventud; la pastoral de la familia, santuario de la vida; la pastoral de los presbíteros, con encuentros en pequeñas comunidades; la pastoral social: opción preferencial por los pobres, y el contenido evangélico y teológico de la liberación; el espíritu de comunión, participación y co-responsabilidad manifestado en incontables Cebs, y en los ministerios laicales, como asimismo la multiplicación de los consejos pastorales; el autofinanciamiento de las Iglesias particulares; el diálogo ecuménico e interreligioso, en especial con las comunidades judías.

III. Discípulos y misioneros de Jesucristo (36-93)

36. En Puebla, Juan Pablo II llamó nuestra atención sobre la verdad de Jesucristo, de la Iglesia y del hombre.
37. Esa verdad remite a la identidad y la vocación y la misión cristianas, en la realidad del continente, a la que últimamente el CELAM, a través del estudio sobre las ‘megatendencias’ de nuestro tiempo y sobre la globalización, buscó dar mayor claridad.
38. El tema de la Va. Conferencia se ubica en esta perspectiva.

A. Por el encuentro con Jesucristo vivo, discípulos y misioneros suyos
39. El encuentro con Jesucrito es la razón, la fuente y la cumbre de la vida de la Iglesia y el fundamento del discipulado y de la misión.
40. Jesucristo es y será siempre la ‘verdadera novedad que supera todas las expectativas de la humanidad’.
42. El encuentro con el Señor nos introduce en las dimensiones más profundas de la vida.
43. La Vª. Conferencia nos brinda una nueva oportunidad para reflexionar sobre la profundidad de nuestro encuentro con Jesucristo vivo y sobre la intensidad de nuestro ardor misionero.

B. Discípulos de Jesucristo
44. Mientras mantenemos las grandes metas de las conferencias generales anteriores con relación a la Nueva Evangelización, vemos necesario dar un paso más y llegar al sujeto que responderá a los grandes desafíos de nuestro tiempo.
45. El discípulo de Jesucristo es alguien que ha recibido al Señor lleno de estupor.
46. La primera experiencia del discípulo consiste en el llamado personal que le hace Jesús, y en la voluntad de seguirle que nace en él y que lo mueve a dar su respuesta creyente y amorosa, que lo lleva a configurarse con Él. Esta respuesta lo vincula inmediatamente a una comunidad de fieles, en la que discierne luego cuál es su misión en la Iglesia y en la sociedad.
49. La elección y llamada de Cristo pide oídos de discípulo.
50. Se trata de una respuesta de amor a una llamada de amor.
51. El discípulo entra en comunión de vida y de misión con Jesucristo.
52. Para que esa comunión con Él fuera cada vez más plena, Jesucristo se entregó a sus discípulos como el Pan de vida eterna y los invitó en la Eucaristía a participar de su pascua.
55. La formación del discípulo de Jesucristo debe de tener como meta la identificación con Él, es ser discípulos de la Palabra que existía en el principio.
58. En la vivencia sacramental, el discípulo de Jesucristo encuentra la presencia y la acción salvífica de Jesús.
59. Un itinerario de formación cristiana que comporta varias etapas esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el bautismo, la efusión del Espíritu Santo y el acceso a la comunión eucarística.
64. María de Nazareth, la primera y más perfecta discípula que desde la Encarnación grabó en su corazón el Evangelio.
65. En María encontramos todas las características del discipulado: la escucha amorosa y atenta, la obediencia sin límites a la voluntad del Padre, la fidelidad hasta acompañar a su Hijo al pie de la cruz.

C. Discípulos en comunión eclesial
66. El llamado y el amor predilecto de Jesucristo por sus discípulos, crea en ellos la comunión fraterna, una comunidad unida en Cristo.
69. Una comunidad unida es la condición necesaria para la formación del discípulo: casa y escuela de comunión y solidaridad.
70. El discípulo no puede vivir sin el Domingo, sin el encuentro con Él, vivo en su Palabra y en la Eucaristía.
71. La vida de comunión de los discípulos muestra su unidad a través de la diversidad y pluralidad de las naciones, lenguas razas y costumbres: recordando que es imagen del Dios Uno y Trino.
72. La tarea de construir la comunión eclesial para que la Iglesia crezca como ‘casa y escuela de comunión’, se realiza de un modo orgánico por medio de diversos ministerios, carismas y servicios y con la colaboración de todos.
73. Un papel especial corresponde a las diferentes formas de movimientos y otras asociaciones eclesiales, que expresan en toda su diversidad las múltiples dimensiones de la vida cristiana. La vida parroquial y la diocesana tienen que expresar, en los hechos, su carácter de ‘comunidad de comunidades y movimientos’.
74. La identidad y misión del presbítero se fundan en el encuentro con Jesucristo vivo y en su seguimiento como discípulo suyo, se desarrolla en la vivencia de comunión presbiteral con el obispo, y se proyecta en la caridad pastoral.
75. En el camino del discipulado la vida consagrada tiene una misión insustituible. Es un ‘camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a Él con corazón indiviso’, ‘estar con Él y ponerse, como Él, al servicio de Dios y de los hombres’.
76. Para llevar a cabo esta tarea se requieren proyectos de formación exigentes y diferenciados para todos: obispos, presbíteros, diáconos permanentes, consagrados y laicos.

D. Discípulos para la misión
78. “Me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres...”. “Como el Padre me envió a mí, yo los envió a ustedes”.
79. En otro momento Jesús expresa definitivamente el carácter misionero de cada discípulo: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”.
80. Por ser configurados con Jesús en el bautismo y hechos miembros de la Iglesia, nace en el discípulo el sentido de pertenencia por el cual asume la edificación y la misión de la Iglesia.
82. La experiencia de cercanía y conversión que vive el discípulo lo prepara para dar testimonio ante quienes han sido bautizados, y también lo impulsa a salir al encuentro de quienes tienen sed de Dios y no conocen su rostro.
83. Encontrarse con Jesús y ser misionero suyo prepara al discípulo a acercarse a los diversos grupos culturales: indígenas, afrodescendientes e inmigrantes, buscando una mayor inculturación de la liturgia.
84. Para eso es necesario ser pobres de espíritu, para peregrinar por los caminos de las bienaventuranzas, en la perspectiva del ‘abajamiento de Jesús’.
85. Los discípulos fueron llamados a permanecer en el amor de Cristo, y de modo especial en su amor misericordioso y preferencial por los pobres. El discípulo se encuentra así urgido a vivir la auténtica solidaridad.
86. Especial atención merecen los constructores de la sociedad, llamados a desechar estructuras marcadas por el pecado y a trabajar por un nuevo orden social, más justo, equitativo e incluyente.
87. Otras urgencias: la defensa de la vida, desde la concepción, de la familia, de la participación política, la defensa del derecho al trabajo, la distribución equitativa de los bienes.
88. Los discípulos de Jesucristo son llamados a vivir y a proponer otro camino: el de la dignidad humana y la libertad, la participación, la solidaridad, la austeridad de vida.
89. Existe hoy en nuestra cultura una resistencia muy grande a mirar de frente el misterio de la cruz en la vida propia y ajena. El discípulo está llamado a proponer, mediante el testimonio de su propia vida, el valor de tomar la cruz y seguir al Maestro.
90. Nos llena el corazón de gratitud la fidelidad de hermanas y hermanos de América Latina y del Caribe, que han hecho del siglo XX un siglo de mártires.
91. Otro campo prioritario para los discípulos de Jesús es la búsqueda de unidad entre todos los que creemos en Cristo (trabajo ecuménico).
92. En la Iglesia que peregrina en América Latina y el Caribe cada uno está llamado a ser misionero con su oración y sus iniciativas, de manera que la Iglesia envié desde nuestros países muchos misioneros ‘ad gente’ que lleven la Buena Noticia de Jesucristo a otros pueblos y continentes.

IV. Al inicio del tercer milenio (94-158)

A. Vivimos en medio de los dolores de parto de una nueva época
94. De hecho, América Latina y el Caribe son desafiados por los cambios religiosos, éticos y en general, culturales, que marcan dolores de parto de una nueva época.
95. A nuestro alrededor hay signos del crepúsculo de una era de la humanidad que concluye y del amanecer de una nueva época.
96. Hay nuevos fenómenos que nos invitan a un discernimiento.
97. Como un primer dato de este cambio de época constatamos que el ser humano se ha asomado al macrocosmos (conquista espacial) y al microcosmos (investigación genética).
98. Igualmente cambió la relación con la naturaleza: tenemos conciencia de la interrelación e interdependencia de los seres entre sí, una realidad que el ser humano debe aceptar y respetar.
99. Se promociona una auténtica ‘ecología humana’; es preciso tomar conciencia que ella se hace del todo necesaria en la familia. La familia sufre los embates más fuertes de la historia.
100. El matrimonio es violentado por su desvinculación de la procreación y por la separación entre amor y sexualidad.
101. Cambia asimismo el sentir acerca de la identidad y misión de la mujer: desde la maternidad se abren espacios hacia el mundo social sin caer en la mera competencia con el varón.
102. Los cambios nos han hecho pasar de la era industrial a la sociedad del conocimiento y la información.
103. Los progresos de la información y la técnica que han acelerado los procesos de producción, no siempre son al servicio del ser humano, por eso, crecen las desigualdades entre los que poseen el capital del dinero y la información y los más pobres. Crece el número de los marginados.
104. Estos y muchos otros cambios afectan directa o indirectamente la búsqueda de la verdad, y con ella los comportamiento éticos. Se tiende a pensar que lo verdadero y bueno es aquello que yo establezco, o que me agrada y da placer y favorece el consumo, cayendo en una ética individualista fundamentada en ‘mi verdad’.
105. Hay una tendencia a emancipar la libertad de la verdad y del bien.
107. Ha surgido una conciencia contraria a toda discriminación; con cierta frecuencia ajena a la verdad y al bien.
108. El proceso de cambio actual provoca un profundo desarraigo, produciendo gran inseguridad, desconcierto y a veces angustia.
109. Hay nuevas tendencias en el campo religioso, como el emocionalismo y nuevos fundamentalismos.
110. Ante ello, pareciera que la propuesta cristiana tiene que detenerse ante el hecho más decisivo de la historia. Emerge la relevancia única de la revelación de Dios en Jesucristo, ‘centro del cosmos y de la historia’.
111. El mensaje de esperanza es Jesucristo que vence por la cruz.

B. La globalización un desafío para la Iglesia.
112. En este cambio de época constatamos que la globalización es un fenómeno real y complejo.
113. Características más relevantes: comunicación mundial, enriquecimiento del saber, avances tecnológicos, velocidad con que se producen los cambios, creación de nuevos paradigmas.
114. La globalización posee aspectos negativos, mas será aquello que nosotros hagamos de ella.
115. Pero la globalización, tal como la experimentamos actualmente, además de producir efectos de integración, va acompañada de tensiones por las asimetrías propias de estos procesos.
117. De manera simultánea al proceso en curso de la globalización, podemos constatar otro proceso, desde la base, de defensa de la identidad cultural, de la naturaleza, y de las organizaciones y los grupos humanos que se sienten amenazados, surgiendo extensas redes de defensa de los derechos humanos olvidados, o de producción, consumo, intercambio, de financiamiento, etc.
118. La globalización económica genera riquezas, y genera a la vez y de forma más o menos sistemática pobrezas y marginaciones diversas.
119. La progresiva y amenazante degradación ambiental, en un continente que continúa siendo una de las regiones menos equitativas del mundo: la brecha entre ricos y pobres se amplía en lugar de disminuir y se mantiene una grave injusticia social que hiere el posible desarrollo humano de millones de habitantes.
120. La globalización de los medios de comunicación social ha transferido una cuota importante de poder a los dueños de los medios y a los mismos comunicadores, quienes se transforman en factores relevantes de la modelación de las mentalidades y culturas, en influyentes operadores de cambios de valores.
121. Hay una alteración de la identidad cultural de casi todos los pueblos: se promueve el culto al propio yo, al dinero y al placer.
123. La movilidad humana, tanto interna como internacional, es creciente.

C. Las esperanzas y tristezas de nuestros pueblos nos interpelan:
125. El fenómeno de la globalización y el avance de las comunicaciones han permitido una mayor apertura al mundo, produciendo en el seno de los pueblos una ruptura en ascenso en relación a su patrimonio cultural, sus valores tradicionales y su estilo de vida.
126. En nuestros países sigue siendo escandalosa la persistencia de la pobreza, la miseria y el desempleo, en un subcontinente formado mayoritariamente por cristianos, y en el que persisten entre los pobres grandes virtudes como la solidaridad.
127. Se ha hecho presente con mas fuerza en la conciencia de muchos países, el reclamo por una justa incorporación de los pueblos originarios a los beneficios y a la conducción de la sociedad, lo que implica respeto por su cultura y formas ancestrales de organización.
128. Las nuevas reformas educacionales denotan un claro reduccionismo antropológico, ya que conciben la educación en función de la producción, la competitividad y el mercado.
129. El Estado encuentra dificultades en realizar su compromiso con el bien común, presionado por los sistemas financieros y por las corporaciones trasnacionales.
130. Existe un mayoritario aprecio por la democracia formal, con la deficiente penetración de la democracia como cultura de la participación, solidaridad y subsidiariedad.
131. La gente se cansa con la debilidad de sus gobernantes. Se constata una creciente tendencia a aplaudir la aparición de líderes mesiánicos o caudillos de corte populista.
132. En el diseño de las políticas de Estado no prima la concepción cristiana de autoridad, acompañada de una vida sobria que vela por el bien común.
133. Es palpable cierta crisis de las instituciones políticas de representación y el surgimiento de una sociedad civil organizada de otras formas, así como la decadencia y atomización de los partidos políticos, sin identidades programáticas.
134. Este fenómeno viene asociado a la pérdida de credibilidad en los servidores públicos, engendrando ingobernabilidad y escándalos de corrupción.
135. La corrupción pública y privada se ha acrecentado de modo alarmante, favoreciendo la impunidad y el enriquecimiento ilícito, frenando el crédito y la inversión honesta.
136. Existe una deficiente educación para el trabajo honesto y el ejercicio de la corresponsabilidad y de las responsabilidades cívicas básicas.
137. Un grave deterioro en algunos países lo produce la producción de droga y el narcotráfico, alimentados por la demanda en los países desarrollados, fruto de la tolerancia y la legalización del consumo.
138. Diversos grupos guerrilleros se nutren del narcotráfico, el secuestro y de negocios encubiertos, cuya contrapartida es el terrorismo de Estado.
139. La escasa consolidación y desarrollo de los procesos democráticos, retardan la integración de América Latina y el Caribe.

D. Los católicos y la Iglesia, también ante otros desafíos
141. Permanece el substrato católico de nuestra cultura, a pesar de que se encuentra amenazado por la sociedad globalizada.
142. Esta savia católica se ha expresado en una rica religiosidad y piedad populares, con honda confianza en la Providencia, en el Espíritu Santo, en Cristo crucificado, en María, en los santos y en el Papa.
143. Está también presente en el profundo sentido de familia, de hospitalidad, de solidaridad en las desgracias y de justicia, como asimismo en el respeto a la vida.
144. Hay una nueva valoración de la religión como un bien social importante.
145. Sin embargo, en las últimas décadas se observa igualmente una disminución de la fe y un debilitamiento del compromiso de muchos creyentes con la Iglesia y con su misma fe; una mentalidad que en la práctica prescinde de Dios en la vida, marcada por el relativismo, el pragmatismo y el hedonismo.
146. Emerge con renovada fuerza un laicismo militante, que niega a los creyentes la posibilidad de manifestarse públicamente según sus convicciones y actuar de acuerdo con ellas.
147. En este ambiente relativista y laicista se extiende una agresividad nueva, abierta o larvada, contra la Iglesia, sobre todo en la liberalización de las costumbres y las leyes.
148. El fracaso de la cultura moderna y el de una pastoral que sostenga y alimente la identidad católica, han dado lugar a un movido mercado de alternativas religiosas y a un proselitismo contra la Iglesia Católica.
150. Como presencia de Iglesia nos cuesta ser profetas y anunciar a Jesús y al Evangelio de modo propositivo, y nos cuesta reconocer juntos las verdaderas amenazas, las que contradicen los códigos de la felicidad que Dios nos entregó.
151. La Iglesia se hace presente en la sociedad mediante sus formas habituales de evangelización: parroquias, CEBs, movimientos eclesiales (desintegrados), institutos de vida consagrada, escuelas, universidades.
152. En el campo social se destaca la promoción y defensa de los derechos humanos, individuales y sociales o políticos, el acompañamiento de los pueblos indígenas, la formación de ciudadanos para la construcción de una democracia y el servicio permanente de la acción social en áreas como la educación, salud, vivienda, atención carcelaria, etc.
153. La Iglesia ve con mucha preocupación la violación de los derechos fundamentales de los migrantes, refugiados y desplazados.
154. No obstante hemos descuidado la formación de los laicos para ordenar las realidades temporales, pues presentan convicciones éticas débiles y no logran cumplir su responsabilidad en el mundo con coherencia cristiana, no se guían por la Doctrina Social de la Iglesia.
155. En los últimos diez años hubo una disminución del número de católicos, en algunos países hasta del 10%.
156. Entre los laicos se debilita la recepción de los sacramentos, principalmente la celebración del matrimonio. Se asiste asimismo a una desacralización del domingo y se muestra la urgencia de una formación catequética más amplia y profunda.
157. El éxodo de los católicos hacia comunidades pentecostales, denota la búsqueda de una experiencia comunitaria más estrecha para evitar la soledad y el aislamiento. La búsqueda de expresiones religiosas más emotivas y la oportunidad de una mayor protagonismo en comunidades más pequeñas.
158. Para estas personas que abandonan la Iglesia, es necesario hallar nuevas formas y expresiones de presencia y de participación en la comunidad.

V. Para que nuestros pueblos tengan vida en Él (159-174)

160. En medio de las promesas de Dios, nos sobrecoge la elección que hizo de nosotros y el envío que hacemos nuestro con creciente fuerza a ser luz del mundo y sal de la tierra, a ser instrumentos de su justicia, su misericordia y su paz. Somos convocados a tomar resueltamente en nuestras manos la misión que Él nos entrega, para que ‘nuestros pueblos tengan vida en Él’.
162. La Iglesia sabe que su misión prolonga en la historia la misión de Cristo, incorporando a la vida, la pasión y la resurrección de Cristo, el Señor de la vida.
163. La vida nueva en Cristo nos incorpora a la comunidad de los discípulos y los misioneros de Cristo y la Iglesia.
  1. Queremos superar miserias y carencias de los habitantes de nuestro continente, con una dedicación preferencial a los más atormentados, y contribuir a la formación de personas capaces de gobernar y motivar en el compromiso efectivo con el bien común.
  2. Urge promover una cultura de vida: por el respeto a la vida, por la gestación de familias que sean santuarios de la vida.
  3. El documento está abierto para recibir muchas propuestas de todos los países, contribuciones que deben de ser enviadas por las conferencias episcopales. 173. La Va. Conferencia quiere impulsar una Gran Misión Continental. 174. La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece la experiencia de diferentes ‘estilos de misión’, los cuales son modelos que nos sirven también en el tercer milenio.

2. Comentario analítico del Documento de Participación
Una vez visto el Documento, mediante una presentación telegráfica y sintética, lo que evidentemente no dispensa su lectura, realizaremos algunos comentarios analíticos con el propósito de ayudar en su estudio. A partir de la visión de conjunto de los contenidos, veremos cuál es la propuesta de fondo del Documento y su enfoque, o sea, cuál es su visión de mundo, de ser humano, de Iglesia, en resumen, cuál es su teología subyacente. Lo que se pretende con eso no es influir en las decisiones de las comunidades eclesiales en su proceso de participación en la preparación de la Vª Conferencia, sino simplemente ayudarlas a reflexionar sobre los contenidos y, así, capacitarlas para enriquecer el Documento. El propio CELAM explicita en la introducción del texto que el Documento de Participación “no es el resumen del documento final”, sino apenas “una invitación incompleta” a la espera de la contribución de todos. En este abordaje analítico, y también sintético, del Documento, propondremos tres clases de comentarios: uno, sobre el orden de los contenidos y el enfoque metodológico; otro, sobre los contenidos de los cinco capítulos del texto; y, un tercero, sobre la relación del Documento con la tradición latinoamericana y caribeña, la cual, como sabemos, históricamente se reivindica como una “recepción creativa” del Concilio Vaticano II.

2.1. El orden de los contenidos y el enfoque metodológico.
La cuestión de lo metodológico no es un problema secundario. El método, en cuanto “camino” (odós), no es un mero instrumento al margen del producto final del trabajo sobre un objeto particular. No existe método independiente y neutral del contenido que es vehiculizado a través suyo. El método forma parte del contenido. En otras palabras, el método es también mensaje, es también contenido. En cuanto camino, es portador de una intencionalidad y, en teología, diríamos, es revelador de una determinada cosmovisión que incide directamente en los contenidos y, sobre todo, en el tipo de acción a la cual ellos apuntan.

2.1.1. La lógica del contenido del Documento
El Documento de Participación presenta y ordena su contenido en cinco capítulos que conforman un todo, a partir de ciertas opciones teológicas previas con respecto al mundo, al ser humano, a la Iglesia y a la concepción de Dios, en especial a la cristología. Veamos:
  1. El humano anhela la felicidad.
  2. La Iglesia en América Latina y el Caribe es fruto de la acogida de Jesucristo, que responde a este anhelo.
  3. El encuentro con Jesucristo lleva a ser discípulo y misionero.
  4. La misión, hoy, se desarrolla en un mundo en transformación (en dolores de parto). 5. Para 'que en Él nuestros pueblos tengan vida’, la Iglesia propone una ‘Gran Misión Continental’.
La lógica del Documento parece ser esta: primero, y hoy más que nunca, dada la anemia espiritual de nuestro tiempo, hay gran hambre de sentido, de lo que la 'irrupción de lo religioso' es una confirmación incontestable. El sentido está estrechamente ligado a la cuestión de la felicidad, que en el seno de la modernidad, en gran medida, se traduce en el consumismo, prestigio y hedonismo (capítulo I).
En el segundo capítulo, la Iglesia en América Latina y el Caribe tiene la respuesta a esta búsqueda de felicidad, recibida hace quinientos años, aunque en medio de contradicciones, que es Jesucristo y su Evangelio. El 'substrato católico' de nuestra cultura asegura ese encuentro con Jesucristo, propiciado por tantos misioneros heroicos (capítulo II).
En el tercero vemos que, al igual que ayer, hoy es necesario tomar conciencia de que el encuentro con Jesucristo lleva a ser discípulo y misionero, o sea, desde la experiencia personal y comunitaria con el Cristo vivo, el encuentro lleva a convertirse en un misionero empeñado en que todos tengan esa misma experiencia, capaz de dar la felicidad (capítulo III).
En nuestro continente, esa misión se desarrolla en un mundo marcado por transformaciones profundas: por un lado, por la globalización excluyente, que engendra excluidos; y, por otro, por el pluralismo, que engendra relativismo moral, principalmente en el orden de los valores morales (capítulo IV).
Esas transformaciones, en gran medida, contradicen los ideales del Evangelio y apartan (hacen irse) a los fieles de la Iglesia. Por eso, es urgente que se convoque a todos los católicos para una “Gran Misión Continental”, a fin de que nuestros pueblos tengan vida en Jesucristo (capítulo V).

Como se puede constatar, la lógica de la argumentación es esta: se parte de la sed de sentido; se va a Jesucristo, que es la respuesta de la cual la Iglesia es depositaria; de la experiencia de Jesucristo en la Iglesia, nace el discipulado y la misión; misión a ser llevada a cabo en un mundo en gran medida hostil a la Iglesia, por medio de una gran misión continental. Es un procedimiento deductivo en la medida en que la realidad solo aparece en el capítulo cuarto, y aparece como punto de llegada de la misión, no como su punto de partida. Al parecer, el punto de partida es el ser humano sediento de felicidad, que hallamos en el primer capítulo. Sin embargo, en el grado que ese ser humano no tiene rostro concreto, pues es tomado como categoría universal, el verdadero punto de partida es la 'búsqueda de felicidad'. Pero, ¿no sería la felicidad algo concreto? Sí, si los anhelos tuvieran una referencia concreta, no obstante son concebidos también de manera genérica, caracterizados como hambre del amor y justicia, de libertad y verdad, sed de contemplación, de belleza y paz, ambición de plenitud humana, ansia por el hogar y la fraternidad. Desde allí es visto Jesucristo en cuanto respuesta a este anhelo, y la propia Iglesia en su ser y misión.

¿Y dónde está la Iglesia? Ella aparece en el segundo capítulo, por consiguiente antes de la realidad social, que es presentada en el cuarto. Esto lleva, por un lado, a ver al mundo desde la Iglesia, privándolo de su autonomía y especificidad propias, objeto de las ciencias sociales; y, por otro, pone a la Iglesia fuera del mundo, o mejor dicho, sobre él y no dentro de él y formando parte de él, como lo hace el Concilio Vaticano II (GS 40).
Jesucristo, en tanto respuesta, se encuentra antes de la pregunta por la realidad, expuesta en el capítulo cuarto. Y es que, independientemente de la realidad, la respuesta del discípulo consiste en ser misionero, esto es, salir de la Iglesia para traer a las personas hacia adentro, ya que Cristo es la respuesta. Solo que, como veremos, se trata a su vez de un Cristo sin Jesús, en la medida en que su respuesta consiste en una 'plenitud de vida' meta-histórica, la felicidad de las personas de la Trinidad (n. 3).

2.1.2. El enfoque metodológico y su incidencia en la comprensión de los contenidos. Esta postura metodológica, evidentemente, incide sobre los contenidos. Medellín, en la perspectiva del Concilio Vaticano II, había afirmado que todo compromiso pastoral brota de un discernimiento de la realidad (15,36). Para la Gaudium et spes, la identificación de los ‘designios de Dios' sobre la realidad y los consecuentes compromisos pastorales, brotan de una lectura de 'los signos de los tiempos' (GS 11). En otras palabras, en la perspectiva de la racionalidad moderna y del Concilio es la realidad la que brinda el qué pensar, también para la reflexión teológico-pastoral. Sobre todo para la teología latinoamericana y caribeña, la realidad no es nada más un lugar de aterrizaje de una ortodoxia, sino fuente creadora de ideas dado que la historia, en cuanto lugar de la revelación de Dios, es un verdadero locus theologicus. La acción eclesial o la misión son respuestas que, para ser eficaces, dependen de la identificación previa de las preguntas.
El método deductivo que atraviesa todo el Documento transmite una visión esencialista de la verdad, sobre la cual la historia no tiene incidencia. Se trata de una verdad que no pasa por la verificación, es decir, por su comprobación histórica. Como la Iglesia ya la posee, la revelación es más un ‘depósito’ a ser guardado y comunicado, que un misterio a ser continuamente profundizado. Es necesario no perder de vista que no es la Iglesia la que posee la Verdad, es la Verdad la que la posee y supera de manera infinita. De lo contrario, la misión consistiría básicamente en anunciar un kerigma ya comprendido, en lo que casi ayuda más el catecismo que la Biblia, pues esta, fuera de la instancia del magisterio, está a merced de las subjetividades y sus múltiples verdades. Desde esta perspectiva misionera, hay un movimiento ad extra, pero en vista de uno ad intra, un movimiento centrípeto, propio de la mentalidad de cristiandad, en lugar de centrífugo, que supera el eclesiocentrismo.
Siguiendo el método de la racionalidad moderna, cuya recepción el Concilio Vaticano II apunta también al interior de la teología, en lugar de este procedimiento deductivo, siguiendo un camino inductivo el orden de los capítulos sería: partir de la realidad social y desde ahí, ver asimismo la realidad antropológica y de la Iglesia; ir a la revelación cargados de preguntas por la realidad, de modo que la Palabra de Dios ‘sea salvación para nosotros hoy’ como afirma la Dei Verbum; encontrarse con Jesús de Nazaret, plenitud de la Revelación y primicia del Reino de Dios, en tanto es el Cristo Resucitado; y, finalmente, ponerse en actitud de servicio y diálogo con todas las personas de buena voluntad, mediante una acción evangelizadora que contribuya a la edificación del Reino de Dios, que en su dimensión histórica, se representa en una nueva sociedad en América Latina y el Caribe.

2.2 El contenido de los cinco capítulos del Documento En rápidas pinceladas, demos una mirada analítica a los contenidos de cada uno de los cinco capítulos. Recordamos que nuestro objetivo es llamar la atención sobre sus límites, silencios o vacíos, y esto es lo que se pondrá en evidencia en dicho análisis.

2.2.1. Capítulo I: la antropología y la cristología a. La antropología El cambio antropológico operado por la modernidad en el Concilio Vaticano II significó sobre todo un diálogo con el ser humano ateo, con el ‘no-creyente’. En Medellín se puso en evidencia lo que en el Vaticano II había permanecido inconcluso: ‘una Iglesia de los pobres para ser la Iglesia de todos’ (Juan XXIII). El Documento de Participación pone como punto de partida al ‘hombre-sin sentido’, o de modo más concreto, en búsqueda de la felicidad (n. 1). La felicidad es realmente una cuestión relevante para el ser humano actual. Solo que es muy diferente lo que entienden por felicidad un rico y un pobre, por ejemplo. Da la impresión que el ser humano del Documento es un sujeto rico, cansado y vacío, absorbido por la tecnología y el consumismo, en crisis de sentido, en crisis existencial (n. 2). Para los pobres, en cambio, la crisis es de sobrevivencia o supervivencia, no de existencia. Puebla había visto al ser humano latinoamericano y caribeño con rostros muy concretos, en particular rostros de pobres (DP 31-39). El Documento de Participación habla de un ser humano sin rostro, como si fuese una categoría, una esencia, más allá de la contingencia de una historia que hace lo cotidiano de la vida. El ser humano del Documento, en tanto no tiene rostro concreto de indígena, negro, mujer, trabajador, desempleado, sin tierra y sin techo, niño/a, etc. y su deseo de felicidad, en tanto no tiene objetivo palpable como pan, casa, educación, trabajo, salud, acogida, etc., permanece más en la esencia que en la existencia. Para los pobres, hasta la experiencia religiosa en cuanto salvación tiene que pasar por la plenitud de la vida, incluida la vida material. De lo contrario, va a afiliarse a movimientos religiosos autónomos, en especial el neopentecostalismo, donde la salvación se confunde con prosperidad material, salud física y psicoafectiva. No podemos perder de vista que el giro antropológico operado por la modernidad, es un esfuerzo importante por superar el teocentrismo de la cristiandad. Esto sucedió cuando Heidegger, basándose en Hegel, el descubridor de la historia, caracterizó el ser como tiempo. Hasta entonces, la antropología se mantenía metafísica, esencialista, a-histórica. b. La cristología El Cristo del Documento es el Resucitado, Rey, Vivo, Camino, Verdad y Vida. Sin embargo, el Salvador del pueblo excluido es el Jesús Sufriente, no el Jesús Muerto del viernes santo. No es que se dude del resucitado, o de que esté vivo, pero si Jesús es solidario con su dolor, Él también debe estar sufriendo. Es imposible que todo sea gloria para un Dios cuyos hijos están aplastados por la opresión y la injusticia. El riesgo más grande en la cristología no es un Jesús sin Cristo, cuanto un Cristo sin Jesús. Es aquí donde se localiza el déficit cristológico del Documento. Se trata de buscar situar la obra salvadora de Jesús en el hoy de la realidad latinoamericana y caribeña, de relacionar su mensaje con las contradicciones que vivimos en nuestro contexto y no simplemente afirmar la acción redentora en sí misma. Siguiendo el dinamismo del misterio de la Encarnación, no se puede dejar de relacionar a Cristo con Jesús que prolonga su pasión en la historia, estampada en tantos rostros desfigurados. La perspectiva de Mateo 25,31-46 ayuda a acoger, vivir y servir a Jesucristo, no como una realidad meramente transhistórica, sino en lo cotidiano de la vida. El Evangelio contextualizado en nuestra realidad es Buena Noticia de un Jesús profeta en favor de la justicia y la fraternidad, que vivió la solidaridad con las víctimas hasta el fin y cuya consecuencia será la muerte en cruz. La cruz no es un medio, es la consecuencia de dar la vida por todos pues el sufrimiento nunca puede ser justificado por sí mismo. Afirmar que Cristo ‘sacia la sed de sentido y de felicidad’ (n. 5), es decir poco y lo hace muy distante.

2.2.2. Capítulo II: la eclesiologia Con Justino de Roma, el Documento reconoce la presencia de ‘semillas del Verbo’ en la vida de los aborígenes precolombinos y con Eusebio de Cesarea, la etapa precolonial como praeparatio evangélica (n. 22). Igualmente reconoce y reitera el pedido de perdón hecho por Juan Pablo II por las sombras que hubo durante el proceso de evangelización (n. 27). No obstante, al dar cuenta de las sombras a través de la denuncia de los santos misioneros, afirmando que ‘la propia evangelización constituye una especie de tribunal de acusación para los responsables de aquellos abusos’ (n. 26), no deja de conservar resquicios de una eclesiología preconciliar. En primer lugar, la eclesiología conciliar se funda en la neumatología y no en la cristología. Es evidente que la Iglesia fue querida y fundada por Jesús, pero solo pasa realmente a existir cuando los apóstoles inactivos se vuelven activos, por la acción del Espíritu en Pentecostés. La Iglesia no es exterior ni anterior a la acción del Espíritu. La Tradición es la historia del Espíritu Santo en la historia de la Iglesia. En segundo lugar, la eclesiologia del Documento se resiente de una cristología docetista, según la cual la Iglesia es concebida como extensión e historia de Cristo glorioso. En esta perspectiva, Belarmino concebía a la Iglesia en cuanto Cuerpo de Cristo como ‘Encarnación continuada’. Se trata por lo tanto del Cristo glorioso, sin Jesús, y de una Iglesia divina, que no peca, y cuando peca, no pasan de ser pecados de los ‘hijos de la Iglesia’, nunca de la Iglesia como tal que es esencialmente santa, por ser divina. La eclesiología del Vaticano II, en cambio, asume la dimensión contingente de la Iglesia en la precariedad del presente —ecclesiam semper reformanda (UR 5; GS 40)—, o en el decir de los Santos Padres: casta meretrix (LG 8; GS 21.43). Con todo, el déficit eclesiológico del Documento se expresa principalmente en el eclipse del Reino de Dios. Este aparece una única vez en el texto, pero no en relación con la Iglesia y sí con Jesús, citando el prefacio de la solemnidad de la fiesta de Cristo Rey (n. 6). La Iglesia se liga directamente a Cristo y prolonga su misión, como si Jesús se hubiese predicado a sí mismo. Una Iglesia sin Reino de Dios es una Iglesia fuera y sobre el mundo, centrada en sí misma, propietaria de todos los medios para la salvación. Después del Concilio Vaticano II, sin embargo, no se puede comprender la Iglesia fuera del trinomio Iglesia-Reino-Mundo, porque son tres realidades que se interpenetran (LG 5; GS 40). La Iglesia existe para ser signo e instrumento del Reino de Dios en el Mundo. De igual forma, no se puede dejar de aludir al hecho de que el Documento, al hacer una retrosprectiva histórica del caminar de la Iglesia para identificar los signos de esperanza presentes en ella hoy (n. 34), presenta una vasta relación de realidades eclesiales, pero con silencios que precisan ser rotos. Por ejemplo: no se hace mención de las anteriores cuatro conferencias generales del episcopado latinoamericano y caribeño con su rico magisterio, una tradición que no se puede perder; no se hace mención de los mártires de las causas sociales, en la lucha por la justicia, que fueron millares y es lo que la Iglesia en América Latina y el Caribe tiene de más valor; en el campo de la pastoral social, no se menciona el trabajo con la ecología, los trabajadores, los campesinos, los menores, las personas de edad, las mujeres marginadas, los enfermos, etc.; las Cebs son citadas como una estructura de participación, desprovista de su espíritu y novedad eclesiológica, apenas mediación para obtener comunidades pequeñas. La rica contribución de la reflexión bíblico-teológica solo es citada de paso al evocar el ‘contenido evangélico y teológico de la liberación’. Ahora, junto con nuestros mártires, tenemos asimismo una teología mártir que, a pesar de sus reconocidos límites, confiere a nuestro continente una tradición propia dentro de la Tradición de la Iglesia como un todo, en la medida en que tesis como opción por los pobres, pecado social, fe y praxis, historia única, liberación como salvación, etc., enriquecen toda y cualquier teología.

2.2.3. Capítulo III: la misionología. En el Documento, todo confluye hacia la misión —‘una gran misión continental’ (n. 173)—, lo que es muy justificable y necesario en un mundo cada vez más marcado por la exclusión y el secularismo. Y se quiere llegar al ‘individuo’ dando un paso más en relación a las conferencias anteriores (n. 44). No obstante, se prefiere hablar de ‘misión’ en lugar de ‘evangelización’, y cuando esta es mencionada, aparece cono ‘nueva evangelización’ en gran medida entendida como ‘proclamación del kerigma’, sin tomar debidamente en cuenta su recepción e implicaciones históricas. El término ‘misión’, en una cosmovisión tradicional, se inserta en el contexto de la mentalidad eclesiocéntrica de la cristiandad, de una salvación en la esfera estrictamente religiosa y dentro de la Iglesia. Ya el término ‘evangelización’, en la perspectiva de la Evangelii Nuntiandi, al relacionarlo con promoción humana (EN 31), supera el carácter de cristiandad justo al acusar la recepción en el seno de la eclesiología, de la categoría ‘Reino de Dios’. De ahí el acento mayor del Documento en el secularismo que en la exclusión social. La ‘misión’ está preocupada por la salvación, sí, pero al concebirla desde la Iglesia, está más centrada en esta que en la salvación, que también puede acontecer fuera de la Iglesia. Aunque no fuera de Jesucristo, en la esfera de un Reino que está más allá de la Iglesia. Da la impresión de una misión que prescinde de mediaciones históricas para ese encuentro con Jesucristo. Ella sería una prédica para ser acogida en el corazón, sin tomar debidamente en cuenta una Palabra que debe ser siempre acogida y leída dentro de una tradición, precedida por la experiencia de la misma, por el testimonio. Entonces, la fe, antes de llegar a Jesucristo, pasa por la Iglesia. Antes de creer en Dios, creemos en la Iglesia (en Iglesia), por cuanto la fe cristiana es siempre ‘creer con los otros en aquello que los otros creen’. Esta perspectiva queda evidenciada en el hecho de que la misión, en el Documento, aparece antes de ver la realidad y después del abordaje sobre la Iglesia. Por un lado, está el riesgo de ser respuesta a preguntas que nadie hace; y por otro, de confundir la misión con la incorporación a la Iglesia, en lugar de llevar a conectar con el Reino de Dios que va más allá de la Iglesia y de quien ella es señal e instrumento. La evangelización, en la perspectiva de la Evangelii Nuntiandi, abre la misión también a la inculturación (EN 63). En la misión tradicional, cuando mucho se hace ‘adaptación’. En la evangelización, se procede con el dinamismo de la inculturación que se funda en el misterio de la Encarnación del Verbo, que asume para redimir. Una evangelización que no sea proceso de inculturación, no es dialógica, y si no fuera dilógica, sería impositiva. Y evangelizar es, antes que nada, no ignorar ni imponer.

2.2.4. Capítulo IV: la visión del mundo Como ya dijimos, después del Concilio Vaticano II no se puede comprender a la Iglesia fuera del trinomio Iglesia-Reino-Mundo, en tanto que son tres realidades que se interpenetran. La eclesiología del Documento, además de no hacer referencia al Reino de Dios, no ve a la Iglesia dentro del mundo, siendo parte de él, existiendo para él. De igual modo, como ya vimos, el mundo es visto después de haber visto a la Iglesia, pues es punto de llegada, lugar de aterrizaje de una ortodoxia previamente definida. No es fuente creadora de ideas, locus theologicus, lugar de interpelaciones de Dios (signos de los tiempos), sino escenario de una salvación meta-histórica. En el Documento, dos aspectos marcan la lectura de la realidad del mundo de hoy: la transición hacia una nueva época (nn. 94-111) y el fenómeno de la globalización (nn. 112-123). Hay una buena lectura de estos fenómenos, sin que de ellos, sin embargo, se saquen las consecuencias para la misión. Esto revela que ellos no inciden sobre la misión. Es esta la que deberá incidir sobre ellos. El primero nos lleva a no ver todo claro y seguro, a no poseer todas las respuestas. El segundo nos coloca en una actitud de servicio, búsqueda y diálogo en el seno de la sociedad pluralista, en la que los principios del Evangelio, sobre los cuales debe de estar asentada una sociedad plenamente humana, necesitan de mediaciones históricas para volverse realidad concreta. No son suficientemente tomados en cuenta otros dos fenómenos importantes: el pluralismo y la nueva racionalidad emergente. En cuanto a la transición de época y la globalización, tienden a ser vistos como una amenaza para la Iglesia (n. 147); ahora bien, aunque lo sean, no son solo eso. De ahí deriva una postura hostil, apologética, sobre todo frente a la mentalidad laicista y relativista. El laicismo precisa ser erradicado (n. 146). La globalización puede ser mejorada (n. 114). Para enfrentar ese mundo son recordados los mártires de ‘final del siglo XIX y comienzos del siglo XX’ (n. 28), justamente aquellos que se enfrentaron con Estados modernos, laicos y racionalistas. Se mira con preocupación el avance del relativismo ético, que lleva hacia una sociedad poscristiana. Se ve poco margen para el dialogo, la interacción, el servicio, la búsqueda con todas las personas de buena voluntad de nuevas respuestas a los nuevos problemas. Da la impresión de que la Iglesia ya posee todas las respuestas y que podrá, sola, transformar ese mundo, en especial si se trata, en gran medida, de hacerlo cristiano. En este particular, la gran novedad del Vaticano II fue la aceptación de la historia en su radical ambigüedad, lugar de interpelación de Dios por medio de los ‘signos de los tiempos’. El mundo es creación de Dios. El plano de la redención no abolió el plano de la creación, sino que lo recapituló, en un lenguaje paulino (Ef 1,10), desarrollado con amplitud por Ireneo de Lyon. La misión, en esta perspectiva, corre el riesgo de concebir la salvación como un ‘separar del mundo’ en lugar de insertarse en él y recrearlo desde adentro, siguiendo el misterio de la Encarnación. El mundo no tiene autonomía legítima: o se integra y es absorbido por la Iglesia, o está perdido, en una mentalidad típica de cristiandad en que lo sagrado no se inserta en lo profano, a no ser que este deje de existir, dejándose absorber por aquel.

2.2.5. Capítulo V: la meta de la misión continental La mayor motivación para una ‘gran misión continental’ (n. 173) no es el hecho de que un continente cristiano esté estructurado de modo no cristiano, engendrando exclusión, opresión, hambre, injusticia, etc., impidiendo que el Reino de Dios y su salvación acontezcan en la vida personal y social. Hay, en cambio, una preocupación por el decrecimiento del número de católicos, que pasaron sobre todo a los movimientos religiosos autónomos de corte pentecostal (n. 155). Una preocupación, por lo tanto, no necesariamente por la calidad del cristianismo y sí por la visibilidad de la Iglesia Católica. Para hacer frente a ese desafío se tiene dificultad en ir a sus causas reales, también de tipo estructural de la Iglesia, y da la impresión de que se opta por la disputa del mercado religioso con los mismo medios de los competidores. Para el Documento, la misión está orientada a ‘que todos tengan vida en él’ —Jesucristo—. La pregunta es ¿qué se entiende por ‘vida’?. Aun cuando sea correcto afirmar que Jesús es ‘la Vida’, el concepto correcto está sujeto a situar de modo correcto la cristología dentro de la economía de la salvación. Existe una tendencia a no concebir el ‘plano de la redención’ en relación con el ‘plano de la creación’, al no relacionar de manera adecuada evangelización y promoción humana. Como si solo hubiera salvación en el plano de la redención, no entendido como ‘recapitulación’ del plano de la creación, sino casi como sustitución. Además, no se distinguen en esta perspectiva fe ‘en’ Jesús y fe ‘de’ Jesús. Como si solo hubiese salvación cuando hay fe ‘en’ Jesús, en cuanto adhesión explícita dentro de la Iglesia, y no también cuando hay fe ‘de’ Jesús, esto es, vivencia de las bienaventuranzas sin saberlo. Vida ‘en el’ no se da únicamente cuando existe una adhesión explícita a Jesucristo, sino asimismo cuando se vive su vida, aunque no se sepa, pues toda acción en el Espíritu converge hacia Cristo. Por eso, el concepto de ‘Vida’ del Documento necesita ser ampliado. La salvación requiere ser mejor articulada con historia, nueva sociedad, promoción humana, realidades terrestres, etc., y, en consecuencia conversión personal con conversión estructural, vida espiritual y vida temporal, etc. La misión en el Documento, ya lo señalamos, da margen para pensar que consiste en incorporar a todos en Cristo, que equivale a incorporar a todos a la Iglesia Católica (n. 162). Seria un salir hacia fuera para traer hacia dentro. Como el Reino de Dios se tiende a confundir con la Iglesia, esta es la instancia de salvación de Jesucristo, lo que justificaría colocarla como punto de llegada de la misión (n. 163). Equivaldría a decir que, en realidad, el punto de llegada es Jesucristo, pero como la Iglesia es su cuerpo, no hay Cristo sin Iglesia, o más exactamente, no hay salvación en Jesucristo fuera de la Iglesia.

2.3. A modo de conclusión La Vª Conferencia del Episcopado de América Latina y el Caribe se inserta en la tradición de las cuatro anteriores conferencias: Rio de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992). La primera estuvo todavía marcada por el contexto de neocristiandad, o sea, de apología frente al mundo moderno y de una acción de reconquista para la fe católica, tributaria del eclesiocentrismo aún reinante. Medellín situó a la Iglesia del subcontinente en la perspectiva del Vaticano II, elaborando una ‘recepción creativa’ que significaba hacer del Concilio un punto de partida más que un punto de llegada. Puebla, sin embargo, fue ya un freno a la entonces reciente originalidad de una ‘tradición latinoamericana y caribeña’, y mucho más lo fue Santo Domingo. Era el reflejo del gradual proceso de lo que se denominó ‘involución eclesial’ en el seno de una modernidad en crisis.

La opción por los pobres y la perspectiva liberadora, que se reivindican en el espíritu del Concilio, tenderán a ser vistos más como ideologización marxista que como expresiones concretas e históricas del evangelio social de Jesús de Nazaret. El enfoque del Documento de Participación, en vista de la Conferencia de Aparecida, se inserta en este gradual distanciamiento de la legítima y original tradición latinoamericana y caribeña inaugurada en Medellín, o lo que equivale a decir, en última instancia, distanciamiento de las intuiciones y los ejes teológicos centrales del Concilio Vaticano II. Es necesario recuperar las intuiciones y los ejes teológicos centrales del Vaticano II, y con ellos la rica ‘tradición latinoamericana y caribeña’. De ahí la relevancia de este tiempo de preparación de la Vª Conferencia, a través del proceso de las comunidades eclesiales, en el enriquecimiento de la propuesta del Documento de Participación. Cinco puntos principales podrían servir de norte en este esfuerzo:
  1. Colocar la realidad como punto de llegada y no como punto de partida, para que lo temporal no pierda su autonomía y especificidad, en especial la peculiaridad latinoamericana y caribeña.
  2. Explicitar la relación intrínseca de la fe con la praxis liberadora, para que la religión no esté predestinada a continuar relegada en la esfera privada de una espiritualidad intimista.
  3. Testimoniar una religión transformadora, lo que implica una Iglesia viva y profética que tiene en las Cebs un nuevo modo de ser Iglesia, pues son un modo privilegiado de articulación en el seno de la sociedad, entre fe y vida, entre cristianismo y ciudadanía.
  4. Reavivar la opción preferencial por los pobres, que no los ve como objetos sino como sujetos de una nueva sociedad, que no es simplemente un trabajo prioritario entre otros tantos sino una óptica desde donde se mira a todos de forma profética.
  5. En cuanto la salvación siempre se da en la historia y existe una única historia, concebir la liberación no como un mero sinónimo de desarrollo o promoción humana sino como salvación concebida en la perspectiva de Medellín: ‘pasaje de situaciones menos humanas a más humanas’.

Traducción del portugués: Equipo Amerindia-Guillermo Meléndez.
Notas: Sacerdote, profesor de Teología, presidente del Instituto Nacional de Pastoral de la Conferencia de Obispos de Brasil.


Publicado En Revista Pasos Nro.: 123-Segunda Época 2006.



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