Oct 19, 2021 Last Updated 7:03 AM, Oct 19, 2021

Asia: Relatando la historia de Jesús

Categoria: Missione Oggi
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El Congreso sobre la Misión en tierras asiáticas supone una ocasión para conmemorar la llamada de la Iglesia a ser misionera. Rememora con gratitud las sendas misioneras que la Iglesia ha tomado ya en Asia y se regocija con la continuación de los esfuerzos en el ámbito de la misión, gracias a testimonios de valor, fe y amor.

Nos convida, una vez más, a comprometernos con la constante invitación de Jesucristo a llevar la Buena Noticia del Reino de Dios a toda la Tierra. Nos urge a sondear nuevas vías para comprender y llevar a cabo la misión, que sean fieles a la rica tradición de la Iglesia pero que den respuesta a las realidades con las que se encuentran las gentes de Asia.

Se puede decir que la historia de la Iglesia es la historia de la misión. Esta intrincada historia revestida de matices, que data de los tiempos del Nuevo Testamento, testifica la multitud de maneras en las que la Iglesia ha comprendido y puesto en práctica la misión. Podemos añadir el hecho de que mientras la misma Iglesia es universal, también está presente en las iglesias locales, poseedoras de historias y situaciones bastante únicas y, de este modo, dueñas también de unas experiencias y unas nociones de misión bastante singulares. El Papa Juan Pablo II afirma en Redemptoris Missio (RM), una introspección básica sobre Ad Gentes (AG) (1), que la Misión, una realidad única pero compleja, se desarrolla de modos variados y múltiples. (2) Dando continuidad a esta dinámica búsqueda de la Iglesia para encontrar nuevos procedimientos de hacer misión acordes con unas circunstancias espacio-temporales concretas, nuestro congreso propone que la comprensión y la práctica de la misión se centren en la historia de Jesús en Asia.

Una historia nunca es meramente una historia. Una historia es verdaderamente una historia en el momento en el que se cuenta o se narra, y se escucha con cierta expectación. Actualmente, uno de los aspectos fundamentales de la narración de historias es el hecho de compartir. En Ecclesia en Asia (EAs), el Papa Juan Pablo II describe la misión como el acto de compartir la luz de la fe en Jesús, un don recibido y un regalo para hacer partícipes a las gentes de Asia (3). Este acto de compartir puede adquirir la forma de relato de la historia de Jesús. Creo que la narración de historias proporciona un creativo marco para entender la misión en Asia, un continente cuyas culturas y religiones se encuentran enraizadas en grandes relatos o epopeyas. El Papa Juan Pablo II reconoce también que los métodos narrativos afines a las formas culturales asiáticas constituyen la vía que goza de mayor preferencia para proclamar la figura de Jesús en Asia.

Comprendiendo y Relatando la “Historia”

La vida humana es inconcebible sin las historias, ya que la vida misma presenta una estructura narrativa. Las historias nos transmiten cómo es la existencia y cuál es su significado. La narración de historias nos resulta tan natural que no meditamos lo suficiente sobre el significado que tiene en nuestras vidas. En los últimos años, los eruditos han redescubierto el papel que desempeña la narrativa en sus respectivas disciplinas. La Teología y la Espiritualidad se han beneficiado de este “giro hacia los relatos”.(4) Del modo, puede enriquecerse la Misión. Dediquemos algún tiempo a reflexionar sobre las historias y la narración de las mismas. Mi presentación distará mucho de ser exhaustiva. Esta ponencia se presenta como una invitación a una reflexión y deliberación más profundas, aunque únicamente hará hincapié en aquellos aspectos que puedan tener algo que ver con el hecho de concebir la misión como la narración de la historia de Jesús.

Las buenas historias están basadas en la experiencia. Hay buenas historias y malas historias, pero la diferencia no siempre depende del estilo del narrador o del final que tenga la historia. En última instancia, deseamos una historia creíble, una historia que sea plausible porque es veraz. La base más sólida de la verdad es la experiencia de primera mano del narrador. Aunque se puede creer en aquellas personas que de modo fidedigno relatan las experiencias de los demás, nada se puede equiparar con el relato del individuo que realmente estuvo allí, cuando tuvo lugar el incidente, puesto que el suceso forma ahora parte de la persona. Contamos nuestras mejores historias cuando éstas tratan de nuestras experiencias: Nuestros mejores relatos versan sobre quiénes somos.

Las historias desvelan la identidad del individuo y muestran a aquellas personas y eventos que han configurado dicha identidad. Las historias revelan quiénes somos, el sentido y el fluir de nuestras vidas y hacia donde nos encaminamos. Mi historia es mi autobiografía, mi propia identidad dentro del gran guión de todo lo que me rodea. (5) Cuando relato mis pequeñas historias, la historia fundamental de mi vida no sólo se desvela a quien la escucha sino también y principalmente a mí, al propio narrador. Hago una interpretación de mí mismo, pero me doy cuenta, durante el proceso, de que la historia no versa únicamente sobre mí sino también sobre otras personas, mi familia y amigos, la sociedad, la cultura, la economía, o sobre lo que nosotros denominamos “ los tiempos”. Mi historia no se desarrolla de forma aislada: Soy lo que soy porque me hallo inmerso en las historias de otras personas y en las historias de mi tiempo. Si me olvido o reniego de ellas, carezco de una historia personal propia que contar. Al narrar mi propia historia, soy capaz de interpretar también el mundo en el cual habito.

Las historias son dinámicas, transformables, abiertas a la reinterpretación y a ser contadas de nuevo. La identidad de la persona se encuentra configurada por la interacción con el mundo que se ubica en la memoria. Los recuerdos son vitales si queremos acrecentar el conocimiento que tenemos de nosotros mismos, pero el proceso de recordar se pone en marcha con la narración de historias. (6) La memoria se compone de relatos más que de mera cronología y las historias hacen que la mente recobre experiencia. (7) Cuando recordamos, nos damos cuenta de que el pasado no es, en absoluto, estático: Continúa moldeándonos. También se puede ver bajo una luz inédita, desde la óptica que nos proporcionan las nuevas experiencias. En realidad, relatamos la misma historia de diferentes maneras. Las historias desvelan qué hizo que seamos lo que somos ahora, en tanto que nos diferencian de lo que fuimos anteriormente y abren nuevas posibilidades para el futuro. A través de las historias, entramos en contacto con el dinamismo que conlleva la transformación de la identidad personal: cuánto hemos cambiado y cuánto más tenemos que cambiar.

Las historias son la base para comprender los símbolos espirituales, doctrinales y éticos. Las historias revelan la identidad de la persona revistiendo sus valores, sus principios morales y sus prioridades. La espiritualidad de una persona tiene su origen en su propia historia. Los símbolos éticos, espirituales y doctrinales tan preciados para una persona provienen de las historias de su propia vida. Únicamente se comprenden estos símbolos profundos y vivos cuando se conoce y se oye la historia. (8) Los relatos son indispensables para deducir el sentido de la fe de una persona y de sus símbolos morales.

Las historias moldean a la comunidad. Todo lo que se ha dicho hasta ahora sobre la historia y la identidad personal es también aplicable a una comunidad. La experiencia y los recuerdos comunes ensamblan individuos únicos en un cuerpo cohesionado. La narrativa favorecida por una comunidad se convierte en el núcleo de sus valores, de su ética y de su espiritualidad. (9) Solamente entenderemos las creencias, los rituales, las celebraciones, las costumbres y el modus vivendi distintivos de una comunidad si retornamos a las historias que poseen y acarician en común todos los miembros de dicha comunidad.

Las historias, cuando se acogen, son capaces de transformar a quien las escucha. En dichas historias, se nombran y relatan las experiencias importantes. (10) Cuando experimentamos algo significativo bien sea a nivel positivo o negativo, no podemos aguardar a contárselo a alguien. Esta dinámica nos indica que la historia requiere un receptor, alguien con quien se pueda compartir. La historia de uno puede despertar recuerdos de experiencias similares en quien las escucha, dar paso a nuevas interpretaciones, provocar asombro y sacudirnos el sueño. El compromiso y la respuesta del receptor comienza cuando el narrador concluye su historia. (11) La historia del narrador se entreteje con la del receptor con el fin de crear nuevas historias. Un buen receptor normalmente se convertirá siempre en un buen narrador. Quien ha probado a entrelazar los relatos de otras personas con el suyo propio en calidad de receptor, se encontrará bastante seguro para compartir su propia historia a modo de hilván que se entreteje en la historia del otro.

Las historias se pueden narrar de modos muy variados. Una historia se puede relatar de múltiples maneras, incluso cuando no se cuenta en sentido literal. La narración oral es todavía la más común, pero se pueden narrar historias escribiendo misivas, novelas o poemas. Las fotografías y las producciones de vídeo constituyen todo un acierto tecnológico a la hora de contar historias. Los gestos de una persona, sus peculiaridades, su tono de voz, y sus posturas corporales están tan presentes en un relato como cualquiera de los personajes del mismo. El silencio de una persona puede ser una elocuente manera de relatar una historia. Por extensión, las actitudes de una persona, su estilo de vida y sus relaciones cuentan historias y generan otras nuevas. Los bailes de una comunidad, su música, su arte, su arquitectura, su gastronomía son elementos esenciales de su historia. Las historias presentan una textura tan rica que están abiertas a ser contadas de múltiples maneras.

Las historias se pueden suprimir. Incluso, aunque el hecho de contar historias nos llega espontáneamente, algunos factores pueden acabar con la narración de dichas historias. El dolor provocado por un recuerdo traumático, la vergüenza o la culpa pueden impedir que una víctima cuente la totalidad de su historia. Con el fin de preservar un poco de dignidad tras una experiencia desgarradora, una víctima puede negar que una determinada historia forme parte de su identidad personal y de su memoria. Los dictadores prohíben que se cuenten historias de corrupción, opresión, asesinatos y destrucción para no hacer peligrar su régimen. Imponen una historia nacional con carácter oficial que borra los recuerdos que podrían empañar su imagen. Algunas historias son demasiado peligrosas para que se cuenten, ya que es probable que quienes las escuchen oigan el llamamiento a la transformación. Las batallas más encarnizadas que se libran cada día están por encima de las historias, pero la curación es posible. Cuando se les permite a las víctimas contar sus propias historias a amigos compasivos, consejeros o profesionales que muestren ternura y comprensión, poco a poco, van recuperando su autoestima. Cuando las comunidades reclaman su verdadera historia, reivindican también su poder para operar un cambio social.

Hemos invertido tiempo reflexionando sobre las historias y la narración de las mismas para desvelar el potencial que tienen a la hora de comprender y poner en práctica la misión.

La Misión como narración de la historia de Jesús en Asia

Al comienzo, afirmamos con Ad Gentes del Vaticano II que la Iglesia peregrina es misionera por naturaleza porque tiene su origen en la misión de Jesucristo y en la del Espíritu Santo de acuerdo con la voluntad redentora del Padre (AG 2). Para que lo que Jesús ha conseguido con el fin de salvar a toda la humanidad pueda llegar a tiempo y surtir efecto en todos, envió al Espíritu Santo procedente del Padre para llevar a cabo su misión redentora internamente y dentro de la propia Iglesia (AG 3-4). De este modo, resulta adecuado denominar al Espíritu Santo como el principal agente de la Misión, como lo dice el Papa Juan Pablo II (cf. RM, capítulo III). Es el Espíritu Santo el que posibilita que la Iglesia cumpla con la misión que se le ha confiado (EAs 43).

Desde esta perspectiva, se puede considerar la misión de Jesucristo y la del Espíritu Santo como la propia historia de Dios. Dios es el “narrador del relato”. (12) El Espíritu Santo narrará la historia de Jesús a la Iglesia. Jesús prometió, “el Abogado, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que os he dicho” (Jn 14:26). Las tres personas de la Trinidad incluso son descritas por Jesús como “contándose historias” entre sí. “Cuando el Espíritu de Verdad venga, él os guiará hacia la verdad completa; ya que no hablará de sí mismo, sino que hablará lo que oiga…Él me glorificará, puesto que tomará lo que es mío y os lo dará a conocer. Todo cuanto tiene el Padre es mío; luego, yo dije que él tomará lo que es mío y os lo dará a conocer” (Jn 16:13-15). La misión de la Iglesia es fruto de la Historia que el Espíritu Santo le expone desde Jesús y desde el Padre. El origen de la misión de la Iglesia es el Gran Narrador, el Espíritu Santo, a quien debe escuchar para que así pueda compartir lo que ha oído. La Iglesia es la Narradora divina de Jesucristo, ya que escucha al Espíritu Santo.

No obviamos decir que la Iglesia debería contar la historia de Jesús. La gran cuestión para Asia es cómo compartir dicha historia, como señala puntualmente el Papa Juan Pablo II (EAs 19). El aspecto del “cómo” con respecto a la misión ha preocupado a muchos teólogos asiáticos, entre ellos, a Michael Amaladoss, S.J.(13). Sirviéndonos de algunas de las reflexiones que hemos hecho acerca del sentido de las historias, contemplemos la misión como la narración de la historia de Jesús bajo la guía del Espíritu Santo.

La Iglesia cuenta la historia de Jesús desde la experiencia que tiene de Jesús. Relatar la historia de Jesús en Asia es más efectivo si brota de la experiencia del narrador. La observación del Papa Pablo VI en Evangelii Nuntiandi (14) sobre que actualmente la gente depositaba mayor confianza en los testigos que en los maestros es completamente verdad, pero más aún en Asia, donde las culturas hacen especial hincapié en la veracidad del testigo corroborada con su propia experiencia. Los primeros apóstoles, que eran asiáticos, comentaban su experiencia- lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que han contemplado y palpado nuestras manos tocando al Verbo de Vida (I Jn 1:1-4). No puede existir ninguna otra vía para la Iglesia contemporánea en Asia. Sin una profunda experiencia de Jesús como Salvador, ¿Cómo puedo relatar su historia de manera convincente como parte de mi historia personal? La experiencia de San Pablo constituye verdaderamente el fundamento de la misión cuando dice, “No soy yo quien vive sino Cristo quien vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2:20). El hecho de narrar la historia de Jesús en Asia requiere el encuentro activo de la Iglesia con Jesús en la oración, en el culto, en la interacción con la gente, especialmente los pobres, y en los acontecimientos que constituyen los “signos de los tiempos."

La historia de Jesús manifiesta la identidad de la Iglesia entre los pobres, las culturas y las religiones de Asia. Del mismo modo que una historia revela la identidad de la persona, la historia de la fe en Jesús desvela también la identidad del narrador en calidad de creyente. Un testigo que narra la historia de su encuentro con Jesús no puede y no debería ocultar su identidad como discípulo del Salvador; pero, de la misma manera que un tejido formado por las relaciones que se establecen con la gente, la cultura y las corrientes sociales constituye una historia o una identidad de carácter personal, así debe de llevarse a cabo la narración cristiana de historias, en relación con los otros. La identidad y las historias cristianas en Asia no están apartadas de aquéllos que pertenecen a otras culturas y religiones sino que siempre está con ellos. La historia de Jesús tiene que ser narrada por los cristianos asiáticos que están con y entre los pobres, las diversas culturas y múltiples religiones de Asia que determinan en parte su identidad y sus historias como asiáticos. Esta realidad del continente asiático ha inducido a Jonathan Yun-Ka Tan a proponer que la misión ad (hacia) gentes debería entenderse ahora según el nuevo paradigma de missio inter (entre o con) gentes. (15) Sin embargo, yo sostengo que la missio ad gentes no debería eliminarse sino que debería realizarse inter gentes.No puede haber nunca una auténtica misión hacia la gente sin que ésta sea al mismo tiempo una misión con la gente, y la verdadera misión que está en contacto con la gente fomenta la misión que está orientada hacia esa gente. Con y entre los pobres, las culturas y las religiones, los cristianos asiáticos son asiáticos. Hacia y para los pobres, las culturas y las religiones, los cristianos asiáticos son cristianos. La combinación de estas historias, en mi opinión, puede enriquecer las numerosas reflexiones del FABC sobre la misión a modo de diálogo con los pobres, las culturas y las religiones de Asia. (16)

La Iglesia mantiene dinámicamente viva la memoria de Jesús. Entre y para otros asiáticos, la Iglesia cuenta la historia de Jesús de un modo que mantiene viva Su memoria. Preservar dicha memoria no significa guardarla bajo llave en algún ámbito de existencia intangible. Se preserva cuando la hacemos de nuevo nuestra y cuando la compartimos. Confiando en el Espíritu Santo y fiel a la memoria afianzada en la Tradición de la Iglesia universal, la Iglesia en Asia debería tener el valor de redescubrir nuevas formas de relatar la historia de Jesús, recuperando su vitalidad y rescatando sus potenciales para la renovación de las realidades asiáticas. La historia de Jesús, cuando se atesora como una pieza de museo, no es vivificadora. En Ecclesia in Asia (EAs 19-20,22), el Papa Juan Pablo II plantea el desafío de encontrar la pedagogía que hiciera que la historia de Jesús se acercase más a la sensibilidad asiática, especialmente a los teólogos. Tiene plena confianza de que se podría contar la misma historia enfocándola desde diferentes ángulos y a la luz de las nuevas circunstancias.

La Historia de Jesús da sentido a los símbolos de fe de la Iglesia. Decíamos que las historias esconden el sentido de la espiritualidad, la ética y las convicciones que abraza una persona. Puede suceder que la Iglesia esté tan identificada con algunos “estandarizados” o estereotipados símbolos de la doctrina, de la ética y del culto que se olvide la historia que les da cierto ímpetu. Entonces, los mismos símbolos pierden su poder para llegar a la gente. Los símbolos de la fe deben arraigarse de nuevo en la historia primigenia de Jesús. Sirva a modo de ejemplo lo siguiente: la partición del pan en la Eucaristía se debería ver en muchas historias de donación, servicio y comunión, sin los cuales el ritual carece de relevancia alguna. El anillo de un obispo debería surgir de una historia viva de servicio a la comunidad, sin la que el anillo queda reducido a una simple joya. El simbolismo de un sacerdote como presencia de Jesús debería nacer de una expresiva historia de disponibilidad hacia las personas, sin la cual el sacerdocio se convierte más en un status que en una vocación. Los símbolos de la fe deben poder atribuirse a la historia primitiva de Jesús. Un retorno a la historia de Jesús posibilitaría también que la Iglesia corrigiera las impresiones de extranjerismo que conllevan su doctrina, sus rituales y sus símbolos (EAs 20). Distanciándose de la historia originaria de Jesús, sería probable que los símbolos de la Iglesia hablaran de una historia ajena al propio Jesús.

La Historia de Jesús engendra a la Iglesia. Las historias también forman una comunidad, como ya lo hemos planteado anteriormente. En la experiencia y memoria compartidas, las comunidades encuentran una cohesión y un valor en común. La memoria común de la historia de Jesús engendrada por el Espíritu Santo debería ser la principal fuente de unidad e identidad en la fe de la Iglesia en el continente asiático. Las Escrituras, los sacramentos, especialmente la Eucaristía, las doctrinas, los rituales y toda la Tradición son modos de relatar constantemente la historia de Jesús para mantener Su memoria, el eje de la comunidad cristiana; pero este sentido de comunidad no es una excusa para aislar a la Iglesia con el fin de que pueda preservar su identidad. La historia de Jesús que hace que sea una comunidad cristiana es la misma historia que toda la comunidad debe compartir. En el paradigma de la narración de historias, la Iglesia pierde su identidad si no narra la historia que es su mismísima identidad. “Pues quien quiera salvar su vida, la perderá; y quien la pierda por mí y por el evangelio, ése la salvará”, dice Jesús (Mc 8:35-36). Ha sido la convicción de la FABC de que es la Iglesia entera la que es llamada a la misión. (17) Las Iglesias locales necesitan comprender y difundir los múltiples dones inspirados por el Espíritu Santo para que puedan contribuir a la narración de la historia de Jesús. La Iglesia entera, el fruto de la historia de Jesús, se convierte en narradora de la misma.

Una Iglesia que escucha cuenta la Historia de Jesús. Las historias encuentran su consumación en quien las escucha, pero las historias que se imponen, no se escuchan. La Iglesia en Asia debe confiar en la vitalidad de la historia que brinda, sin pensar ni siquiera en imponérsela a otros. El Papa Juan Pablo II nos cuenta en Ecclesia in Asia que compartamos el don de Jesús de no hacer proselitismo sino como signo de obediencia al Señor y como un acto de servicio para con las gentes de Asia (EAs 20). Dejemos que la historia hable y llegue a la gente. Permitamos que el Espíritu Santo abra los corazones y los recuerdos de quienes escuchan y los invite a transformarse. Las multitudes de pobres en Asia pueden encontrar compasión y esperanza en la historia de Jesús. Las culturas de Asia resonarán con el inquietante desafío de la verdadera libertad que se halla en la historia de Jesús. Las diversas religiones de Asia se maravillarán ante el respeto y aprecio hacia aquéllos que buscan a Dios y la auténtica santidad en la historia de Jesús. La Iglesia en Asia es llamada a que permita modestamente que el Espíritu acaricie a quienes la escuchan. Como narradora del Espíritu Santo, la Iglesia tiene que adentrarse en el mundo y en el lenguaje de los que la escuchan y, desde su interior, relatarles la historia de Jesús justamente como en Pentecostés. (18) Pero eso significa que la Iglesia en Asia debe escuchar atentamente al Espíritu y a los pobres, a las culturas y a las religiones si es que quiere hablar de manera reveladora. Una Iglesia que narra historias debe ser una Iglesia que escucha. (19)

La Iglesia narra la Historia de Jesús de múltiples maneras. Las historias pueden contarse de diversos modos. Así también la historia de Jesús. La Iglesia en Asia, con su rica herencia de narración de historias adquirida desde los hogares asiáticos, vecindarios, religiones y desde su sabiduría tradicional, puede ser creativa a la hora de relatar la historia de Jesús. El testigo de una vida santa, ética y recta constituye todavía la mejor historia sobre Jesús en Asia. (20) La vida de hombres y mujeres santos y de los mártires nos muestra de qué manera está inscrita la historia de Jesús en las personas y en las comunidades. (21) Los hombres y mujeres que se han dedicado a atender al prójimo, como la beata Teresa de Calcuta, son historias vivas que a las gentes de Asia les encanta oír. La defensa de los pobres, el trabajo en pro de la justicia, la defensa de la vida, la atención a los enfermos, el educar a los niños y a los jóvenes, la conciliación, la paliación de la deuda externa y la administración de todo lo creado son diversos modos de volver a relatar la historia de Jesús.

La Iglesia es la voz de las historias que se silencian. Es un escándalo que la supresión de historias ocurra diariamente en muchas partes de Asia. Los pobres, las niñas, las mujeres, los refugiados, los inmigrantes, las minorías, los indígenas, las víctimas de diferentes tipos de violencia doméstica, política o étnica y el medio ambiente no son sino unos pocos de aquéllos cuyas historias son suprimidas. Muchos tienen miedo de las historias que relatarán o ¿tienen miedo de oír la verdad y lo que les demanda? La Iglesia relata la historia de Jesús, a cuyas palabras se hacía, a menudo, oídos sordos, y quien fue ejecutado con el fin de impedir que contara Su historia. De esta manera, en Asia, la Iglesia Le rinde tributo erigiéndose en la narradora de los que no tienen voz para que la voz de Jesús pueda oírse en sus historias silenciadas.

Conclusión

La Misión como narración de la historia de Jesús está teniendo ya lugar en Asia. Celebramos la existencia de los numerosos narradores del Espíritu Santo cuyas historias, aunque escondidas, han generado nuevas historias en la vida de multitud de hermanos y hermanas asiáticos.

Concluyo dirigiendo mi atención a Jesús, el Logos o Historia de Dios y el maestro narrador del Reino de Dios. Contemplémoslo. Escuchémosle. Aprendamos de Él. Abrámonos a Su historia y a Su narración. Su historia trata del Abba que Él ha experimentado y de la plenitud de la vida que Abba nos brinda. Su vida y su identidad se encontraban arraigadas en esta constante unión con Abba, aunque vivía como un judío corriente, un asiático corriente, con familia, amigos, mujeres, niños, extranjeros, líderes del templo, los maestros de la ley, los pobres, los enfermos, los excluidos, los pecadores y los enemigos. Todos ellos formaban parte de quien era Él. Congregó a una comunidad, a una nueva familia de aquéllos que escucharan la palabra de Dios y actuasen acorde con ella. Les contaba historias de Abba y de la vida en Abba. Utilizaba su mismo lenguaje. Sus parábolas eran sencillas pero desarmaban a la gente. Les hablaba de Abba a través de sus comidas, de la sanación, la compasión, la misericordia, el perdón, la crítica de la religiosidad falsa. Su historia le conduce a una cena donde él era alimento y donde lavaba los pies de sus amigos. Nada pudo impedir que relatara su historia, incluso en la cruz. Su denigrante muerte debería haber sido el final de la misma, pero Abba tenía algo más que decir, “Mi Hijo- Él realmente ha resucitado”. Derramando el don del Espíritu Santo en nuestros corazones, Jesús nos confía Su historia. Le oigo diciendo, “¡Escucha mi historia. Ve y cuenta mi historia otra vez, donde empezó, mi amada Asia!”

Notas a pie de página

Concilio del Vaticano Segundo, Ad Gentes 6.
Cf. Juan Pablo II, Redemptoris Missio 41.
Cf. Juan Pablo II, Ecclesia in Asia 10.
Un ejemplo entre muchos es Michael L. Cook, S.J., Christology as Narrative Quest (Collegeville, MN:1997).
Cf. Richard Woods, O.P., “Good News: The Story Teller as Evangelist”, New Blackfriars 81 (2000):206.
Ibid. p. 205.
Cf. Richard Bayuk, C.P.P.S, “Preaching and the Imagination,” Bible Today 38 (2000): 289, 292.
Cf. Cook, p.31.
Cf. Jose Mario C. Francisco, S.J., “The Mediating Role of Narrative in Inter Religious Dialogue: Implications and Illustrations from the Philippine Context”, East Asian Pastoral Review 41 (2004): 164.
Cf. Bayuk, p. 289.
Ibid., p. 290.
Cook, p. 39.
Vèanse los siguientes trabajos de Michael Amaladoss, S.J., “Images of Jesus in India”, East Asian Pastoral Review 31 (1994):6-20 y “Who Do You Say that I Am? Speaking of Jesus in India Today”, East Asian Pastoral Review 34 (1997):211-224.
Pablo VI, Evangelii Nuntiandi 41.
Jonathan Yun-Ka Tan, Missio Inter Gentes: Towards a New Paradigm in the Mission Theology of the FABC, FABC Papers No. 109.
El documento fundamental es FABC I (1974) “Evangelization in Modern Day Asia”, especialmente # 12, 14, 20,G. Rosales y C.G. Arévalo, editores, Para Todas las Gentes de Asia, Volumen I (Quezon City: Claretian Publications, 1997) pp. 11-25. Muchas asambleas plenarias e institutos de la FABC son dilucidaciones nuevas sobre la introspección básica de la FABC I en circunstancias cambiantes.
Véase BIMA III ( Tercer Instituto de los Obispos para el Apostolado Misionero, 1982), #5, Ibid. p. 104.
Cf. BIRA IV/12 ( Duodécimo Instituto de los Obispos para Asuntos Interreligiosos acerca de la Teología del Diálogo, 1991) # 42-47, Ibid., p. 332.
Cf. BIRA I ( Primer Instituto de los Obispos para Asuntos Interreligiosos, 1979)# 11-14, Ibid., p.111.
Cf. BIMA III (Tercer Instituto de los Obispos para el Apostolado Misionero, 1982) #10, Ibid., p. 105.
Cf. Francisco, p. 167.
Cf. EAs # 33-41.

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Luis Antonio G. Tagle
Obispo de Imus, Filipinas
La misión en Asia:
Relatando la historia de Jésus


Discurso dirigido al Congreso sobre la Misión en Asia
[Chang Mai, Tailandia, 19 de Octubre de 2006]

(Diciembre 2006)

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www.misna.org

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