Argentina: Los Nuevos Inmigrantes, Desafío y Oportunidad

Pubblicato in I missionari dicono
{mosimage}Antiguamente, cuando se definía nuestra identidad argentina, se solía decir "los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos descienden de los incas y los argentinos descendemos de los barcos". Lo cual es sólo una parte de la verdad, ya que no podemos dejar de lado el aporte claramente indígena de nuestra identidad nacional. Pero esta frase muestra, a diferencia de otros pueblos latinoamericanos, la gran importancia que tuvo en nuestra conformación como nación el aporte de los inmigrantes.

Nuestra manera de integrarlos fue de manera diversa, según el pensamiento dominante en la sociedad, y así pasamos de una invitación formal en el Preámbulo de la Constitución Nacional de 1853: "a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino" hasta un rechazo en 1902, durante la presidencia de Roca, con la Ley de Residencia, que permitía devolver a sus países de origen a los extranjeros indeseables.


También fue distinta la acogida según al país del que provenían. Como en la época de la década de 1880, cuando se trató de construir en Argentina una Europa, en lo posible anglosajona, tal como lo expresa uno de los exponentes de esa generación, Juan Bautista Alberdi: "¿Queremos plantar y aclimatar en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y de Estados Unidos? Traigamos pedazos vivos de ella en la de sus habitantes y radiquémoslos aquí".

Del lado de los inmigrantes también fue distinta su procedencia en cada época histórica, pero unidos por un mismo motivo que los llevó a emigrar: la situación difícil (económica, política, de persecución religiosa, guerras, etc); esto es lo que los lleva a abandonar sus propias tierras para venir a trabajar en otro país. Nadie emigra cuando en su propia patria encuentra las condiciones adecuadas para desarrollar su vida.

A finales del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX la inmigración será predominantemente italiana y española, aunque sin olvidar los aportes de ucranianos, rusos, griegos armenios, polacos, sirios, libaneses y otros.

Esta inmigración aportó elementos fundamentales a la configuración del ser nacional como el espíritu de trabajo, la importancia de la preparación intelectual, ciertas devociones religiosas, el espíritu de cooperativismo, etc.

Desde 1950 en adelante se va dando un cambio en estas corrientes inmigratorias, que ahora provienen predominantemente de los países limitrofes, con inserciones en la rama laboral de acuerdo a su origen étnico:

Uruguayos: Es un grupo reducido que se ubica más que nada en el ámbito de las actividades de tipo administrativo y el comercio, concentrado sobre todo en el área de Buenos Aires.

Paraguayos: Se habla de más de 500 mil migrantes de ese origen en Argentina, dedicados al servicio doméstico, a la construcción de pequeñas obras. Ubicándose en un 60 % en el área metropolitana de la ciudad de Buenos Aires y del Gran Buenos Aires, el resto se concentra fundamentalmente en las zonas de frontera: Formosa, Chaco, Corrientes y Misiones.

Bolivianos: Se habla de cerca de un millón de habitantes de Argentina que tienen ese origen, dedicados al servicio doméstico, costura (trabajo a destajo), comercio de frutas y hortalizas, obreros de la construcción en grandes obras, actividades agrícolas. Se concentran fundamentalmente en Buenos Aires, Mendoza, Salta y Jujuy.

Chilenos: Ubicados fundamentalmente en el área de la Patagonia y ligados con actividades rurales.

Peruanos: Muy numerosos en la década de los 90 tuvieron una importante disminución después de la crisis del 2001, con el retorno de muchos de ellos a su país de origen. En estos días están muy presente en los medios de comunicación, con motivo de los nexos entre algunos miembros de esta comunidad con el narcoterrorismo. Su ubicación en la cadena laboral se da a través de la venta de celulares, las verdulerías y el servicio doméstico. Su principal concentración es en Buenos Aires.

A estas corrientes debemos sumarles las que provienen del Continente Asiático, desde la más antigua de japoneses (primera mitad del siglo XX), y las más recientes de los coreanos, vietnamitas y chinos, fundamentalmente concentrados en el comercio, los famosos autoservicios que están presentes en las principales ciudades del pais.

Los nuevos inmigrantes presentan una realidad que nos desafía como cristianos, en su doble dimensión, o como decimos popularmente: en las dos caras de la moneda:

• Por un lado, por la realidad que les toca vivir, muchos de ellos están indocumentados y son residentes ilegales que se incorporan al mercado del trabajo en negro; en muchos casos deben aceptar trabajar en condiciones inhumanas, dignas de las páginas más oscuras de la historia de la explotación del hombre por el hombre, víctimas en mucho casos de la trata de personas y todas las aberraciones relacionadas con la misma. Nos baste recordar los casos de los talleres de ropa de Buenos Aires, donde pudimos observar por televisión los padecimientos de esos trabajadores semiesclavos de origen boliviano. También los casos de discriminación que sufren muchos de ellos en los boliches y otros lugares, solamente por el hecho de su origen étnico. Frente a esto no podemos permanecer indiferentes sino que tenemos que comprometernos en revertir esa situación, sea apoyando medidas que tiendan a regularizar su situación legal, como por ejemplo la ley de 2003, llamada de Patria Grande, que levanta las restricciones aplicables a los inmigrantes de Sudamérica y garantiza para ellos el acceso a la salud pública, la educación y a un trabajo digno (fruto de ella, en el año del 2006, se emitieron 350 mil visas, regularizando la situación de muchos indocumentados). En esta respuesta de la comunidad cristiana es fundamental nuestra colaboración con la acción de la Comisión Católica Argentina de Migraciones. También es importantísima nuestra acción para rechazar y denunciar toda discriminación contra los inmigrantes.

• Por otro lado, la realidad de los inmigrantes se convierte para nosotros en una gran oportunidad, ya que si sabemos descubrir las riquezas que estas nuevas corrientes inmigratorias pueden aportar a nuestra cultura argentina, nos enriqueceremos en nuestra identidad nacional. El desafío es no quedamos con lo negativo que se presenta de ellos en los medios de comunicación (en relación con las drogas, con la violencia, robos, etc) como si eso no existiera entre los argentinos, y aún en mayor medida. El desafío es descubrir los valores que están aportando a nuestra sociedad: capacidad de trabajo, ahorro, la importancia que dan a la solidaridad con los familiares y amigos, el optimismo frente a la vida, a pesar de las difíciles condiciones que tienen que enfrentar en su existencia, lo festivo como parte de la cotidianidad, el valor de lo religioso en la vida cotidiana (baste ver las nuevas devociones que se han hecho cotidianas en nuestro santoral: a la Virgen de Copacabana, Urkupiña, Caacupé, al Señor de los Milagros de Lima, etc). Es una gran oportunidad para crecer en la integración sudamericana con respecto a la inmigración proveniente de los países limítrofes. Es una gran oportunidad para crecer en la mirada universal con respecto a la inmigración proveniente de Asia: el diálogo interreligioso se vuelve una posibilidad concreta y cercana para nosotros sin salir de Argentina. El encuentro con Asia se hace realidad en nuestra propia tierra.
Ultima modifica il Giovedì, 05 Febbraio 2015 20:29

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